Nada personal

Somos cómplices (los dos), aliados y enemigos de este vínculo en caminos separados. Antes, solíamos planearlo todo, desvestirnos, realizarlo y juntar a un par de seres que jamás pudieron con ciertos acertijos bajo el agua, tan dóciles e ineludibles de descifrar. Todo iba bien hasta que, poco a poco, llegamos al punto del desengaño; aquel, donde casi nadie puede estar y uno debe adherirse a su propia suerte, como quien sigue simulando un olvido.

Ayer se me cumplieron dos meses de haber encontrado un puñado de recuerdos vetustos, perfumados de ti, en los que yo dormía entre tus piernas. Al filo de un anochecer incierto, quedé atrapado en la relación de mis manos y tu cuerpo de látex que apretaba, arañaba y amoldaba mi ser; intentando existir dentro de cuero, piel y metal, carmín y charol. Pronto, la desdicha de tu atención me condujo al mareo provocado por ese efecto del cual siempre se me va el nombre, cuando te alejas de mí.

Luego de un largo momento a solas con tu fantasma, descendí hasta ese diván donde guardo tu última vez, quemándome como un océano de fuego. De entrada, me serví un poco de té sobre la lluvia derramada mientras que, afuera, el frío embestía. Toda esta mezcla, acompañada de vos, me exigió un cigarrillo en la azotea. El gusto se me quitó con culpa y fue directo a aquella reminiscencia tan tuya y lejana de ti. Después de todo, aunque me cueste olvidarlo, nuestro pasado nos suele matar.

Como nunca, una canción al azar se remitió desde el fondo del vacío. En tiempo de blandos, la sola intención de evocarte fue suficiente excusa. Los sorbos fueron sirviéndose de vaivén en vaivén y las cenizas me rebasaron en cuestión de pitadas. Con la pesadilla de tu presencia, las baladas siguieron su curso. Sin darme cuenta, estas se habían convertido en las balas rasantes que, a cada medianoche, se van disparando por los oscuros vidrios de una limousine.

Al intentar buscarte, amagué algunos retazos de vidas paralelas. Al tratar de olvidarte, me sumergí en lo más profundo del mar negro. Al querer partir, volví a encontrarte en el mismo lugar. No tienes idea de lo difícil que eres cuando el centro del centro es la ausencia, tu poder.

Y cual molesto hilo en tu blusa favorita, extrañaré la aleación de tus labios de plata y mi acero inoxidable, fingiendo estar bien sin pretender, como si una piedra en el agua vaya a llegar al fondo de nuestro sentimentalismo. Al fin y al cabo, ambos sabemos que los verdaderos culpables fueron aquellos versos, los que no llegué a entregarte por el simple temor a que me trates suavemente.

Porque no queda más, cariño. Nada. De mí, solo lo que ves.

Publicado por

Rodrigo Ampuero Oróz

Cusqueño, bachiller en turismo, fotógrafo de momentos y escritor amateur. Me gusta relatar historias.

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