Solo para fumadores (Tributo a Julio Ramón Ribeyro)

Muy como el flaco, empecé a los catorce o quince años, apoyado en la descolorida baranda afuera del ICPNA. Como a cualquiera, la primera pitada me causó una tos implacable y la promesa de no volver a hacerlo más, mas nunca he sido el indicado para hablar de compromisos.

Le perdí la gracia por mucho tiempo hasta que llegó la época de los quinos y las fiestas de promoción. Ahí, el fuego forrado de blanco fue mi mejor arma para combatir al frío y al mal del primer amor que me atormentó durante tres largos años. Luego, como cerrando el mismo ciclo, también terminé el colegio.

En la universidad conocí a mi primera relación seria que me pidió abandonar este hábito por cuestiones estéticas. Como un fugitivo, tuve que mantener el humo en secreto y disimular el olor que me dejaba. En aquel entonces, fumaba sin importarme la calidad de lo que entrara a mis pulmones y no me inclinaba por un sabor o una sensación en especial. Después de un año y un poco más, con todo terminado, me sumergí en el mundo de las marcas. Así comprendí la importancia de identificarme con la empresa que me ofreciera la mejor muerte.

Motivado por mi ignorancia en el campo, comencé a probar de la variedad para familiarizarme con los diferentes nombres y sus propiedades. Los Lucky nunca han sido de mi agrado por parecerme muy inconsistentes, los Pall Mall y los Premier estaban… más o menos (a veces más menos que más) y no tengo palabras para describir mi repulsión hacia los Golden Beach. Atorado en ese trajín, entre decisiones nefastas y vueltos incompletos, descubrí que mis favoritos siempre habían sido los Hamilton. No los tomé como la gran maravilla al principio, pero poco a poco se consolidaron como irremplazables. Su comodidad para mi bolsillo y su aroma a nostalgia me fueron enamorando, año tras año, en un sinfín de cajetillas para el bar, la noche y mi literatura.

Ya con la consigna de casero en todas las carretillas a las que frecuentaba, compartí mis tabacos y parte de mi rutina universitaria con una querida amiga mexicana con quien adopté la manía de prender uno sin haber terminado el anterior. Debido a que su estancia aquí fue muy limitada, quiero dedicar estas líneas para decirle que la extraño y espero que muy pronto podamos quemar algunos cerillos de nuevo.

Con el pasar de los años, mi costumbre tabaquera se fue quedando trunca porque solo la aplicaba como compañera para bebidas bohemias y viajes cansados. No me había considerado un fumador empedernido ni cuando encendía los cigarrillos de siete en siete en fiestas que no valen la pena recordar. De a pocos, mi consumo se mantuvo leve y estable, como esa colilla que sigue apagándose en un cenicero eterno.

Entonces llegó Pamela y me enamoré sin norte ni sur. Lamentablemente, mi vida es una constante decepción que sufre una enfermedad crónica de verdades incompletas y cuyo síntoma principal es la pérdida de lo que más quiero. Toda esta experiencia me llevó a reiniciar mi vicio de calar por sufrimiento, el mismo que empecé en la pre-adolescencia y se me había hecho esquivo por razones que escapan del corazón. Mezclando la necesidad con el gusto, me convertí en una máquina de volutas que funcionaba de cuatro a seis turnos por noche; así sea en la calle, la azotea, los taxis o cualquier otro lugar que pudiera tolerar mi desdicha.

Entre recuerdos amargos y terapias mal escogidas, con la poesía ya encima, conocí a un gran compañero de puchos para seguir jugando a esta rasposa actividad libre de beneficios. Cada dos sábados, sumergidos en las letras de Juan de Dios Peza y pendientes del otro, nos preguntábamos si había o no había. Si no había, tocaba invitar.

Hoy por hoy, con el maldito infortunio que conlleva una enfermedad directamente ligada a la respiración, tuve que controlar mis insistentes gustos por un tiempo. Dicen por ahí que uno siempre vuelve a donde fue feliz y, al no poder volver a la universidad ni a Pamela, solo quedó aferrarme a ese aroma que deja la ceniza mientras se abraza de un recuerdo y se impregna en la ropa.

Y muy como el flaco, quiero decir que ya empiezo a sentirme algo agitado. Mis procesos bronquiales ya no se curan con facilidad y no me quedan más segundos aires. No quiero terminar este pequeño tributo sin soltar una idea plasmada sobre la cruda realidad; porque esto no es una reflexión ni una oda, este es el puro gusto de escribir solo para complementar al hermoso acto fumar: “El cigarro es el suicido perfecto, asegurándote un prólogo lo suficientemente largo para disfrutar de todo, antes de ir a la tumba”.

Seguramente, en algunos años, revisaré y reeditaré este texto con todos mis sentimientos encontrados y a flor de piel. Por ahora, volveré a encender un desgraciado pitillo ante la innecesaria necesidad de sentir el humo entre mis fauces. Pues aún cargo, como mis pulmones negros, con la culpa de seguir fumando y el placer de poder hacerlo.

Publicado por

Rodrigo Ampuero Oróz

Cusqueño, bachiller en turismo, fotógrafo de momentos y escritor amateur. Me gusta relatar historias.

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