Todo está mal

Cubierto por una sábana delgada, con la esencia desnuda y la piel sensible, me siento acorralado e indefenso.

Sin buscar algo concreto, puedo encontrar muchas soluciones pero ninguna respuesta. Lamentablemente, la tragedia se ha escrito. Es imborrable e irreparable. Factores típicos de esos errores que te persiguen toda la vida.

Me sumergiré hasta el fondo de las Marianas del sentimentalismo y bucearé sin precaución por sus peligrosos laberintos. La soledad será vital en estas circunstancias. Además, una pequeña maleta con miles de razones inútiles me acompañará. Espero que sea suficiente para soportar un largo viaje sin inicio al cual llegaré tarde.

Levantaré mi cuerpo sin ganas, sin expectativas y sin fuerzas. Lo llevaré de la mano por todos esos lugares que conozco de memoria, con temor a lo nuevo. Me resulta tan provocativo el deseo de ser consumido por mi subconsciente, que terminaré dando mil vueltas entre pensamientos crueles hasta vomitar basura sobre viejos anaqueles llenos de la misma basura.

Reviviré lo vacío y confuso que es nadar entre viejas canciones que solo sirven para romperte el corazón. He programado a mi reproductor de música para que elija exactamente ese tipo de archivos. Nada aleatorio. Todo está demostrado en base a pruebas y a las pruebas me remito. No soy capaz de olvidar, mucho menos de superar.

Volveré a casa, me rendiré en la cama y cerraré los ojos. Al menos así dejaré de estar intranquilo. Me rodearé de paz turbulenta y un estado anímico casi anémico que será fácil de atormentar por ese maldito recuerdo de la rosa marchita sobre la congeladora. Dudo mucho que haya sido culpa del frío. Tal vez del aire. Estaba envenenado un par de meses.

Aún no he llegado al límite, pero siempre estoy tan cerca, que me pierdo en lo emocionante del asunto.

13

Un día tal, como hoy, hace trece… era más tímido, aislado e inocente. Mi vida -tan rutinaria como la de un reloj de pared- terminaba el colegio, fumaba muy poco y dormía mucho mejor. Me hacía cortar el cabello cada tres semanas y no salía tanto porque no era algo que me apasionara hacer. No tengo una foto propia de aquel entonces y es por eso que decidí escribir este texto.

Hace trece, tenía el verso oculto y la letra escondida. Jugaba con mis posibilidades mientras escuchaba un rock más pesado, memorizando canciones grabadas de un CD. Recuerdo que creía en el amor platónico y amaba a Sheyla porque me encantaba su sonrisa. Mi ilusión (ilusa) se enamoraba al cabo de algunos suspiros pero todo tendía a quedarse ahí. El corazón, aún, no me había sangrado lo suficiente.

Hace trece, entre noches blandas y joviales, no conocía la parálisis del sueño ni disfrutaba libar alcohol. Mi ceguera era tan fina como una aguja en el pajar y la habitación donde crecí se me pintaba de un eterno amanecer. Vivía todo de una manera diferente. Tenía un par de amigos, buenos, a los que les confiaba las tareas postergadas, los ideales perseguidos y mi compra de condones. Odiaba a las matemáticas porque nunca las entendí.

Hace trece… no me preocupaba demasiado. Ni por el futuro, ni por el ahora. Creo que es algo sintomático de alguien que no espera nada y a nada se debía, llegando a cierto número con la simpleza de un nombre carente de plan, deambulando entre mañanas. O, quizás, ni me interesaba.

Hace trece que, todavía, no me reconozco del todo bien.

Y hoy, trece después, debo admitir que ya se me están agotando los abriles.

Entre luces y siluetas

Leí por ahí que las verdades a medias son peores que las mentiras. Ilógico. Nada puede ser más bajo que una mentira completa. Aun sabiendo todo lo necesario, el engaño jamás será sinónimo de ruindad. El gusto por mentir no queda en exagerar y librarte de ello, el gusto está en saber hacerlo y hacerlo bien. Es así como se puede identificar la manía del mentiroso, dándole una excusa perfecta capaz de ganarse confianzas crédulas y lastimar susceptibilidades hipócritas.

A nadie la importa porque es un deber, pero la verdad siempre será como la luz. Clara y fugaz. Un destello tan efímero que puede viajar a través de los ojos cerrados, uniforme y sin perder su serenidad. Potentes o tenues, las luces tienden a tener vidas enérgicas que, en muchos casos, están condicionadas al uso del interruptor, condenadas a morir y revivir bajo la orden de un lastimoso clic. Que maldito infortunio. ¿Quién fue el infame que se atrevió a meter a la verdad en una miserable linterna?

Por otro lado, a contra luz, están las siluetas.

Estos seres, totalmente distintos, salen a pasear cuando las luces funcionan. Ellas son atrevidas y capaces de cualquier aventura. Pueden colgarse peligrosamente de las grietas en la pared, corretear por el techo de los pasillos y cruzar puertas cerradas de par en par. No conocen límites. Son infinitas.

Dentro del gran dilema que conlleva poseer una, está el hecho de que no pueden permanecer tranquilas. Se la pasan ideando planes perversos, casi demenciales, buscando quien sabe qué mientras nos llevan al límite del nerviosismo tras cada uno de sus movimientos. Son, más allá del caos, los entes más privilegiados por la versatilidad.

Debido a su heterogeneidad, las siluetas pueden unirse de a dos y dividirse en diez, agarrando a sus propios pensamientos y revolcándolos por el piso, sin pena ni culpa, levantando todo el polvo acumulado de la conciencia y generando un desorden tranquilo.

Exactamente así es como funciona la sinceridad. La verdad es luz; única, leal, condicionada y a veces molesta. La mentira es silueta; siniestra, inescrupulosa, capaz de tomar cualquier forma para sobrevivir. Ambas, guiándose por su instinto, se oponen y complementan hasta el punto de crear la imagen más hermosa contenida en un valor que se ha perdido a medias.

Y aun así, las luces pueden albergar las siluetas más oscuras, escondidas en el subconsciente… pero nunca las verás congeniar.

Nada personal

Somos cómplices (los dos), aliados y enemigos de este vínculo en caminos separados. Antes, solíamos planearlo todo, desvestirnos, realizarlo y juntar a un par de seres que jamás pudieron con ciertos acertijos bajo el agua, tan dóciles e ineludibles de descifrar. Todo iba bien hasta que, poco a poco, llegamos al punto del desengaño; aquel, donde casi nadie puede estar y uno debe adherirse a su propia suerte, como quien sigue simulando un olvido.

Ayer se me cumplieron dos meses de haber encontrado un puñado de recuerdos vetustos, perfumados de ti, en los que yo dormía entre tus piernas. Al filo de un anochecer incierto, quedé atrapado en la relación de mis manos y tu cuerpo de látex que apretaba, arañaba y amoldaba mi ser; intentando existir dentro de cuero, piel y metal, carmín y charol. Pronto, la desdicha de tu atención me condujo al mareo provocado por ese efecto del cual siempre se me va el nombre, cuando te alejas de mí.

Luego de un largo momento a solas con tu fantasma, descendí hasta ese diván donde guardo tu última vez, quemándome como un océano de fuego. De entrada, me serví un poco de té sobre la lluvia derramada mientras que, afuera, el frío embestía. Toda esta mezcla, acompañada de vos, me exigió un cigarrillo en la azotea. El gusto se me quitó con culpa y fue directo a aquella reminiscencia tan tuya y lejana de ti. Después de todo, aunque me cueste olvidarlo, nuestro pasado nos suele matar.

Como nunca, una canción al azar se remitió desde el fondo del vacío. En tiempo de blandos, la sola intención de evocarte fue suficiente excusa. Los sorbos fueron sirviéndose de vaivén en vaivén y las cenizas me rebasaron en cuestión de pitadas. Con la pesadilla de tu presencia, las baladas siguieron su curso. Sin darme cuenta, estas se habían convertido en las balas rasantes que, a cada medianoche, se van disparando por los oscuros vidrios de una limousine.

Al intentar buscarte, amagué algunos retazos de vidas paralelas. Al tratar de olvidarte, me sumergí en lo más profundo del mar negro. Al querer partir, volví a encontrarte en el mismo lugar. No tienes idea de lo difícil que eres cuando el centro del centro es la ausencia, tu poder.

Y cual molesto hilo en tu blusa favorita, extrañaré la aleación de tus labios de plata y mi acero inoxidable, fingiendo estar bien sin pretender, como si una piedra en el agua vaya a llegar al fondo de nuestro sentimentalismo. Al fin y al cabo, ambos sabemos que los verdaderos culpables fueron aquellos versos, los que no llegué a entregarte por el simple temor a que me trates suavemente.

Porque no queda más, cariño. Nada. De mí, solo lo que ves.

Me estás jodiendo

Me estás jodiendo. De amor nadie ha muerto pero esto es lo más cercano que se puede estar a tal condición. Cada minuto aferrado a tu cuerpo es como ser un fósforo atrapado en sesenta incendios, cada uno más voraz que el anterior. Que injusto es sentirme una presa tan vulnerable al panorama de tu brasier saturado, al hilo negro que adorna tu vientre bajo, a tu paisaje desnudo y tu invitación a explorarlo.

Amo respirar tu piel. La transpiración entre nos se ha convertido en alimento adictivo y droga vital para el alma. A media luz, tus lunares son las partículas insolubles del café con leche, tus labios guardan todos los licores que me encantan y tus curvas se hacen responsables de mi recorrido hasta el irresponsable punto del desbarranco. Perdona si tiemblo o me resbalo estando echado, nunca antes había estado en un desastre natural tan perfecto.

Dentro y fuera de lo permitido, tu mirada me va retando a cometer las locuras más atrevidas entre inocentes sábanas que solo se limitarán a observar, los movimientos precisos son la previa ideal para devorarnos con lujuria y mi deseo por el aroma de tu humedad hirviente me enciende a un nivel desconocido.

Ya no necesito más excusas. Aceptaré el desafío que has despertado en mis ganas.

Voy a serpentear mi lengua por tu abdomen y mediré tu reacción a cada centímetro recorrido, invadiré tus rincones calientes hasta entrecortar tu respiración agitada, haré que tu rostro dibuje los gestos más salvajes y lascivos a culpa de la inquietud de mis dedos, levantaré tus piernas en ángulos tan complejos que desafiaremos a las mismas matemáticas y te moldearé a mis pervertidas intenciones. Usaré todo lo que toques en tu contra y tendrás el derecho a guardar silencio, pero, por lo que más quieras, no lo uses. Quiero terminar con los tímpanos reventados.

Me gusta jugar con tus sentidos y engañar a tus puntos débiles. Descender a tu intimidad es un delirio mágico y religioso que no debería terminar jamás. La parte oculta de tus muslos es el océano en el que me quiero ahogar, justo ahí, en el fascinante triángulo de tus bermudas. Cuando ya no puedas más y me exijas a gritos que lo haga, te abriré con la sutileza de una daga y quedaré a merced de tus movimientos hasta que aprietes todo lo que tengas a tu alcance. En el momento en el que me dé cuenta que lo disfrutas, dejaré de ser amable y me desconoceré. Sé que te excita mi lado violento y quieres exprimirlo sin restricciones. Será así, que revolcaré a mis bajos instintos para explotar dentro de ti.

Puede parecer que yo suene como el animal contenido en este relato, pero sabes bien que esto no es sobre mí. Es sobre tu esencia y como la dejas caer en mi cama. Sobre esa manía tuya de tener mi pulgar en tu boca. Sobre ese gemido sobrio que impactas contra la almohada. Es imposible resistirse a un encanto, cuando este te ha consumido tanto…

No, lo nuestro ya no se trata de hacer el amor ni tampoco de sexo.
Literalmente, me estás jodiendo.

Viejo, mi querido viejo

Cusco, 30 de agosto del 2020

Sr.
Lizandro R. Ampuero Casquino
Presente

Querido papá:

Antes que nada, quiero decirte que eres un padre maravilloso. El perdón es un acto que se debe dar cuando el resentimiento nos domina, pero nosotros jamás hemos conocido tal término ni sus consecuencias. Tú siempre me hiciste entender todo lo que la vida nos depara.

La vida, ese regalo que nos puso a jugar bajo el mismo cielo y que te enseñó a guiar mis primeros pasos por un sendero de alegría. No sabes cuánto le agradezco. Tu cariño y tus consejos son la mejor brújula que he podido desear. A día de hoy, no hay fecha en el calendario en el que no recuerde tus palabras.

Y así como te pienso a diario, también te llevo en los momentos más hermosos de mi infancia. Cómo olvidar, por ejemplo, aquel sapito blanco de todas las mañanas, las reuniones en la vieja casa de Collacalle, las canas del abuelo Lizandro y la sonrisa de mamá Isaura. Cómo olvidar aquella canción, la de Piero, la que escuchamos en un añejo casete y quedó grabada en mi corazón.

Disculpa la nostalgia, pero me es inevitable volverla a poner mientras escribo esta carta y te canto con todo el amor del mundo, como perdonando al viento. Feliz cumpleaños, mi querido viejo.

Te adoro.
Tu hijo, Rodrigo.

Sobre insomnio e infinito

Siento que estoy en una constante apuesta con la muerte. A veces tengo todas las de perder, apaciguándome en mi propio riesgo y tomando todo a la ligera. Otras veces me siento ganador, retándola a que haga su movida y me derrote sin piedad. Pero, casi siempre, estoy a merced suya, esperando paciente a que venga y me toque el corazón.

¿Será bueno saber cómo va uno a morir? Dicen que la ayahuasca te lo muestra si no la tomas en serio. La verdad es que no tendría problema con eso. Lo que sí me produce un terror inconmensurable es cierta manera de fallecer que involucra automóviles, carreteras e irresponsabilidades evadidas.

Las pocas veces que he podido dormir relativamente “temprano” son aquellas en las que mis sueños me doman desprevenido, anunciándome un hórrido final y despertándome en sobresaltos de pesadilla.

Lo difícil de adivinarse eterno es que en algún momento ya no lo eres más. Puedes hacer lo que quieras con tu vida, incluso desperdiciarla, pero ese último respiro te dará cuenta de lo efímeros que podemos ser. Un parpadeo que llega como un instante y te dice que ya es suficiente. Y así se acaba.

Sobre el infinito no hay mucho que decir. Es muy probable que después de esto no haya algo en absoluto. Solo la nada, tan fría e inextensa, tal y como la vemos en el cielo nocturno y un poco más allá, donde la imaginación ya no manifiesta su inmortalidad.

En fin, puede que sea hoy, mañana o en un par de años. La espera suele ser larga y angustiosa o una simple respuesta al llamado de un inoportuno tarde o temprano. Mientras tanto, nos queda seguir aquí, existiendo.

Buena noche.

Carta para una ex

Sí, sí me dijeron que el amor se acabaría. Que podía volverse rutinario y aburrido, que absorbería complejos autodestructivos y que nos iba a lastimar.

Y no, no creí que eso nos fuera a ocurrir. No lo hice porque cada vez que te veía a los ojos, me volvía a enamorar. Cada vez que te abrazaba, sentía que intercambiábamos los corazones. Cada vez que te besaba, era como regresar al inicio, a aquella tarde en el puente de la universidad.

Sí, sí me habían dicho que eras muy linda, que yo era muy afortunado por haberte encontrado y que tenía más suerte aún porque te fijaste en mí.

Y no, no les respondía. Solamente recordé todo lo que pasamos, lo que sentimos, todo lo que me esforcé y todo lo que confiaste, todo lo que rompí pero no supe arreglar. Después sonrío, porque a pesar de todo, tenían razón. Tuve mucha suerte de encontrar a alguien tan maravillosa con quien pude compartir parte de mis días.

Sí, sí sé que a veces era un tonto. No lo dejaste de repetir en varias ocasiones y yo lo aceptaba. Me equivoqué más de la cuenta y nunca dejé de hacerlo. No fui ni seré perfecto.

Y no, no por eso iba a dejar de esforzarme para enmendar mis errores y hacerte sentir amada. No iba a dejar de intentar sacarte una sonrisa en tus días difíciles. No iba a irme cuando sabía que lo único que necesitabas era un abrazo. No iba a huir de ti porque uno jamás puede huir de su alma.

Y al final, fuiste tú quien terminó huyendo.

Sí, sí quería amarte toda la vida.

Y no, no quería morir jamás.

Dios es un monstruo

Si insulto a dios, ¿te molestarías? Si así fuese, te recomiendo que no continúes esta lectura.

El otro día vi una frase muy curiosa que decía: “Dios si existe, los monstruos también”. Y yo no podría estar más de acuerdo. Muy a pesar de contradecirme en la idea de existir o no, debo admitir que ese simpático juego de palabras me entretuvo por un buen rato. ¿Dios está muerto? No lo sé, Nietzsche, la verdad es que lo dudo. Pero si de algo habremos de estar seguros es que, si el muy bastardo aún vive, tiene mucho por explicar.

Dios ya no es omnipresente. Para saberlo no es necesario entender su obvia falta de interés en los problemas de medio oriente o donde un imbécil golpea a su pareja. Ni donde un anciano se ve en estado de abandono, ni donde una enfermedad mata a un recién nacido, ni donde un cura viola a un niño. No. Dios ya no está en todos lados porque es un miserable cobarde que nunca se hizo responsable por lo que ha creado.

Dios ya no es todopoderoso. Se hizo viejo y senil. Antes podía abrir los mares, multiplicar alimentos y revivir a quien se le diera la gana. Tal parece que esos poderes bíblicos han quedado olvidados en algún escaparate de ciencia ficción de por ahí. Ahora tiene suerte si te ayuda a pasar un examen o si salva a un equipo de caer a segunda. De considerarse “invencible”, se ha convertido en el ser más inútil de la historia.

Dios ya no es amor. Tampoco es más ese ecléctico de moral intachable y pregonero de paz. Sus manos están manchadas por la sangre de incontables guerras y pecados cometidos en su nombre. Hablo de una lista bastante larga. Lo peor de todo es que a cada domingo nos ofrece su perdón y un pedazo de falso paraíso. ¿Cómo se hizo, un mitómano, merecedor de tanta admiración?

De hecho, lo hace. Dios existe, está vivo y es un monstruo; un monstruo vil y fetichista. Un monstruo que se regocija en el sufrimiento ajeno. Y no hablo solo de Jehová, Alá o Yahvé. Hablo de todos. Porque, para ellos, el negocio es simple y simple es la demanda. Sin dolor, no hay fe.

Un beso al calendario

Hay una magia escondida en el hecho de enamorarse de ciertas fechas, ciertas horas y ciertas madrugadas. Una magia cruel y traicionera que revive aquellos momentos empapados de felicidad en los que, sin querer, el corazón estuvo abierto ante alguien que nunca pudo (ni podrá) salir de ahí.

Este amar, vil, no es como el amar tradicional a una persona o a un lugar enterrado en escombros del pasado. Este es un amar programado e impuesto que aparece y reaparece cual aniversario intocable en el calendario, que regresa con un fernet en el café que ya no es café y que solo sabe doler.

Este amar es jodidamente molesto. Empero, también es dulce y reconfortante, como esa delicia culposa que se puede preparar desde la receta perfecta para evitar el olvido. Primero se remueven los recuerdos con tres cucharadas de nostalgia. Luego se le añade algunos retazos de sueños rotos, una pizca de añoranza y doscientos gramos de cariño en polvo. Para finalizar, la mezcla debe disolverse en diez onzas de adiós y voilà. La excusa perfecta para desangrarse entre canciones muertas y poemas inconclusos ya está lista.

Odio tener buena memoria para estas ocasiones. Durante veintitantos años, no me habían importado los 4 de abril y ahora me provocan un nudo en la garganta. Los 18 de julio se han convertido en días demasiado densos para imaginar y mientras no escriba sobre los 29 de septiembre será mucho mejor. Jamás creí que fuera posible cargar tantos sentimientos encontrados por simples números puestos en cronología.

En fin. Esto de auto sabotearse ya es una costumbre muy propia para mí. No es algo que me cueste admitir, pero sé que los verdaderos culpables de esta desdicha son las miradas, las sonrisas y los versos que se soltaron durante el amor hasta el alba y se impregnaron de eternidad pasajera, mientras yo la seguía buscando entre mis “para siempre” y sus “hasta nunca”.

Las plantas de mi madre

Cómo no acordarme de la vez en que le pregunté “Mamá, ¿quién es el ministro del ambiente?” y ella me lanzó la mirada más severa y reprobatoria que había visto en su vida. Mi ignorancia dio pie a un sermón sobre la falta de interés político, consciencia social y coyuntura actual que hasta el día de hoy me sigue ayudando. Mejor maestra, no he tenido.

Cómo no acordarme de su fe, la devoción a sus creencias y la fuerza que eso le da. Siempre me ha dicho que fui un regalo muy pedido a su divinidad y nunca estuve seguro de cómo responder a eso. Creo que no podré ponerme en esos zapatos jamás aunque tal vez lo entendí sin querer cuando me dio el mejor regalo que pude esperar: una hermanita.

Cómo no acordarme de la lección del árbol, aquella que me explicó con toda la pasión que lleva en las venas y el brillo de sus ojos mientras me comentaba la importancia de la dendrología en esa filosófica relación con nuestra existencia. Su sabiduría es la conjunción perfecta para mi curiosidad y la sorpresa.

Cómo no acordarme de su abrazo cálido en mis momentos más gélidos, de su dulce voz cuando el corazón se me caía a pedazos, de su mano tierna con la misma paz desde hace veintiséis años. De su amor eterno anidando con el mío.

Cómo no acordarme de sus plantas en los balcones, en las ventanas y en los muebles que se visten de selva cuando los adorna con un poco de verde encima. Para mí, no existirá mejor metáfora que guarde un significado tan profundo como el de ese cariño excesivo, que hierve y rebalsa hasta colmarnos y que sigue siendo tanto que lo tiene que acomodar en cada una de sus macetas.

Y cómo no acordarme de decirlo ahora: te amo mamacha.

Fe de erratas

Discúlpenme por no vestir de gala para sus cumpleaños ni para el día a día natural. No pude darme el lujo de asistir a sus nacimientos, graduaciones, matrimonios, octavas, divorcios, funerales… ni a la maldita fecha en la que conocieron el amor.

Discúlpenme por no haber ocupado los primeros puestos ni el cuadro de honor. El amarillo no es un estilo que me quede demasiado bien. Hubo veces en que lo intenté, pero mi frágil atención suele distraerse con facilidad ante la inerte sombra de las cortinas y la innecesaria redundancia de canciones repetidas. Nunca he estudiado a conciencia y siempre me salía de la raya en los ejercicios para colorear.

Discúlpenme por no recordar sus estados de ánimo, lo que han estado haciendo ni lo que acaban de comer. Usualmente no estoy pendiente de mí mismo, mucho menos de mi entorno. La memoria a corto plazo me es tan leve y efímera como yo, antojándome de un cigarrillo.

Discúlpenme por despertar siempre en el pasado. Para mí, es un placer regresar a mi vieja casa, de mucho verde en el patio, y reencontrarme con mil gatos durmientes, la orquesta de canarios a mediodía y el fútbol de los recreos. Esa sí que era una buena vida.

Discúlpenme por seguir siendo tan infantil y no tomar las cosas con un poco más seriedad. Prefiero reírme un millón de veces sobre los mismos chistes sin gracia a entrometerme en una conversación adulta, donde el café se pida frío y no se me permita carcajear.

Discúlpame si te escribo en esta noche, pero la verdad es que aún me siento aquí, por encima de tus dudas. Tardé mucho tiempo en darme cuenta de que ya no estaba enamorado de ti, si no, del amor que te tenía. No es justo usar una ventana cuando la puerta sigue abierta.

Además, ahí, donde dice: “todo bien”; debió decir: “ando mal”.

Donde dice: “no puedo”; debió decir: “ni me interesa”.

Y donde dice: “por siempre”; debió decir: “jamás”.

1993 – 2021

Sobre insomnio e intransigencia

Todavía no puedo dormir bien y ya me acabé dos cajas grandes de filtrantes de manzanilla. Tampoco he logrado acomodarme bajo estos párpados gastados que flotan entre letras. Peor aún, ni apagándome a propósito dejo de pensar en ti. No hay manera.

Ya me cansé de pretender que tengo un problema irreal, algún trastorno postergado o una queja incompleta. Simplemente no quiero aceptar el hecho de que sigo buscando tu nombre, tu número, tu rostro pixeleado y tu voz en mi pantalla.

¿A qué edad se deja de hacer planes y se empieza a vivir de pura nostalgia? No estoy seguro, pero hay una mirada tuya que se ha colado en una cajita y no sé cómo tratarla, también hay una foto de tu cintura pegada en las paredes de esa misma cajita y una bestia que merodea por aquí y pone la cajita sobre mi almohada.

Tendré que empezar algún texto trivial para evitar esta incorregible forma de extrañarte pero el recuerdo de tu sonrisa en la playa me persigue por toda la orilla y es imposible dejar de lado mi obviedad. Hasta me han reclamado que mi vanguardia siempre va dirigida a tus ojos. Que pésima narrativa.

Sobre mi intransigencia no hay mucho que decir. No me refiero a la intolerancia ni a la falta de empatía como la vegana insoportable o el homófobo que curiosea en la sección gay. Esto se trata del énfasis al capricho de no querer cambiar mi costumbre de escribir sobre ti.

En fin, la hora más larga del día ya no se parece en nada a las dos de la mañana de antes, cuando había química y el insomnio se complementaba. Ahora solo me queda sacudir algunas pesadillas y tender veinte veces mi cama. Tal vez así.

Buena noche.

Paranoia

¿Te has visto al espejo últimamente? ¿Has notado ese auto que está pasando por tu calle con más frecuencia? ¿Sabes dónde está esa delgada línea que separa al sueño de la pesadilla? Te apuesto a que no, pero como en cualquier juego de azar, te conviene tantear tu suerte.

No prestes atención a todo lo que ocurre a tu alrededor o pondrás los ojos en el lugar equivocado y jamás olvidarás lo horrible que puede ser este mundo. Tampoco dejes tus audífonos en casa porque el ruido de la calle es un infierno disfrazado de carnaval mundano.

¿Nunca has deseado corregir tus errores como esa película repetida en la que anhelas que todo ocurra de una forma diferente? ¿Acaso no te has equivocado en ponerte bien los zapatos o prender una luz con dos interruptores? ¿Qué es lo que hay después de la muerte?

La imaginación es un arma de doble filo aun siendo dominada. Los malos entendidos no existen cuando la lógica y el sobrepensamiento entran a zona de negociación. Te lo pongo de esta manera: mientras más gente conozcas, a más funerales te van a invitar.

¿Por qué crees que las personas no cambian si no es para mal? Antes eras tan bueno y ahora eres una mierda. Respeto todo lo que es capaz de transformarse aun después de haberse sentido inservible y acariciar al suicidio como a una amante.

Ningún amor, jamás, ha desaparecido como por arte de magia, es por eso que sigo pensando que eres la mejor ilusionista. No me gusta la idea de que tu corazón se sienta como el mío. Te he visto sonreír sin mí y debo admitir que, a pesar de todo, ha sido el placer más culposo que he tenido.

¿Y cómo hago para que entiendan que me encanta el sonido de los aviones aterrizando porque me recuerdan a mi infancia? ¿Cómo rescato a un recuerdo envenenado si no queda antídoto en la memoria? ¿Vale la pena seguir con mi paranoia de encontrarte por la calle cuando eres como la lluvia que no cae sobre la hierba?

Después de haber visto tantos focos quemándose te juro que ya no quedan más ganas de querer cambiarlos. Siempre tengo presente el conflicto de no haber elegido bien entre Soda y los Cadillacs. Y, lamentablemente, ya no hay espacio para más garabatos en mi libreta. Qué lástima. Tendré que guardar estas letras.

¿Bastaría con llamarte o debo esperar otra indirecta?

Lamento haber sido tan asustadizo hoy, pero he descubierto que soy más frágil durante la madrugada.

Mi nube favorita

Siempre diré que el vapor tiene la consistencia del recuerdo: frágil, voluble y muy fácil de dejarse borrar. Aun así, existen vapores tan densos que son capaces de quedarse ahí, flotando en el ambiente adecuado, tal y como lo hace un recuerdo colgado de la memoria más disfuncional y adormecida que está atrapada en su propia desgracia.

Han pasado trescientos sesenta y pico noches pero la herida de esa placita me sigue ardiendo. Todavía no puedo soltarme de ese último abrazo que se dilataba entre un imposible “no te vayas” y la nefasta mirada de despedida que solo los amantes pueden darse. Si el amor fuese capaz de sentir, no permitiría que esas cosas pasen.

Extrañarte se ha convertido en un hobby muy trillado para mis letras. Tengo docenas de canciones que no puedo escuchar porque me suenan a ti. El eco de tu risa sigue atorándose entre mis sienes. Nuestros sentimientos ya han caducado pero aún los tengo en la nevera. Soñar contigo es el motivo y tema principal de mis terapias. Paso dieciséis horas al día imaginando que te veré en algún lugar. En resumen, no pude sobrevivir a tu partida.

No hay nada peor que la incertidumbre cultivada por uno mismo. Ojalá estés bien. Ojalá tu café no se esté enfriando. Ojalá encuentres algo mejor. Ojalá tu ducha hirviente no termine jamás. Ojalá no extrañes ni la mitad de lo que yo. Ojalá siempre llueva en tu cielo. Ojalá tu mirada no se empañe con facilidad. Ojalá nunca leas este texto.

Me duele la garganta por tantas explicaciones a medias que me tuve que tragar. No puedo mantener una estabilidad emocional firme porque caigo en tu nombre cada vez que escucho a alguien hablando de amor. He roto momentos que parecían eternos y me han costado más de lo que esperaba.

Sí, hay recuerdos suaves pero también los hay pesados como nubes cargadas de lluvia y tempestad que flotan en el cielo correcto y anuncian una tormenta sentimental que no será leve ni pasajera.

Y muy a pesar de todo, tu recuerdo siempre será mi nube favorita.

Para mi abuelo

De esta vida, quiero resaltar el honor y la fortuna que tuve al haber crecido dentro del cariño de un artista. Eso no es cualquier cosa. Del vasto universo que engloba la palabra en sí, siempre voy a darle un valor especial a las anécdotas infinitas, a la inspiración indomable y a la paciencia precisa que, hasta el día de hoy, él me sigue enseñando.

A su responsabilidad queda el hecho de que mi infancia fue coloreada por pinceladas eternas y óleos que aún están frescos. Mi niñez transitó por la belleza del arte mientras tomaba su mano entre galerías, caballetes y paletas cargadas de maestría. Mis golosinas se disfrutaron con historias fantásticas y los helados se me derritieron en el calor de paisajes abstractos. Los lienzos siempre han sido su campo de batalla favorito. Para mí, fueron las ventanas que me mostraron el mundo.

Él siempre ha podido encontrar el gusto en lo simple de cada día. Su insaciable hambre por las enciclopedias ilustradas y los crucigramas gigantes me dejó en claro que jamás voy a conocer a un hombre tan sabio como Franz Oróz Villena. No hay mejor compañero con el que me gustaría compartir el fútbol del fin de semana, la inteligencia para el ajedrez, el cariño a la sensibilidad y la profunda esencia de la vida misma.

La densidad de su amor es inmensurable. Siempre tiene la palabra perfecta para hacerte sentir bien y eso es algo digno de heredar. De entre tantos hijos y nietas que resultaron músicos, actrices y modistas, algún niñucha escritor tenía que esconder por ahí. Era algo obvio porque, en esa faceta, también tiene el talento intacto.

Por todo esto y mucho más que no se puede expresar en palabras, te quiero dar las gracias, viejito. Gracias por ser ese abuelo que todo nieto quisiera tener y gracias por demostrarme que, el mejor color, es el que se obtiene cuando mezclas un poco de rojo y un mucho de alma.

Miopía

No es tan malo ser ciego. Cuando los lentes estorban, el brillo de las luces es un espectáculo artístico para el ojo malherido. El resplandor de las bombillas adopta una forma parecida a la de un pergamino colmado de garabatos amorfos que cambian a cada pestañeo, como un mosaico inestable que se imprime en la pupila. A partir de aquí, todo se vuelve peor.

Nunca he tenido la necesidad de saber quién soy en realidad. Tampoco me he visto con nitidez en un largo tiempo. No es algo que me apasione ni quiera intentar con celeridad. Empero, he notado que tengo una manía muy básica que básicamente consiste en arruinarlo todo. Soy terriblemente pésimo para abordar situaciones malas. Tanto es así, que el término autodestructivo ya empieza a quedarme corto.

Odio encontrarme con fotos antiguas donde me veo feliz. En retrospectiva, deben ser imágenes que pertenecen a momentos remotos en los que pensaba en su mirada, su risa, sus piernas o su abrazo. No soy una de esas mentes que guardan recuerdos como retratos que han perdido validez, pero su rostro me sigue acompañando en todos los amaneceres y cada tres ocasos.

El malestar de lo borroso lo sufro desde que tengo uso de razón. Haciendo un pequeño examen de consciencia, he llegado a la conclusión de que no podría estar más jodido. Siempre tengo que entrecerrar los ojos para no equivocarme de cara conocida, para leer ese lejano letrero donde pone “se alquila”, para contar las hojas del árbol casi marchito que se resiste a morir.

Espero no toparme con ella. Ni bajo un cielo nublado ni un viernes vestido de casualidad. No quiero seguir sintiéndome culpable por un crimen que me sigue tratando como un simple testigo. Si tuviera que darle una última carta de amor, se la daría en una hoja totalmente arrugada, lista para desechar.

Hace rato que la miopía dejó de ser ceguera. Ahora es negación, pura y absoluta.

Felinadas

“Me gusta observar tu existencia, tan vacía y carente de sentido” me decían los ojos de mi gato acaramelado desde el otro lado de la puerta de vidrio. “Que te vas y luego vuelves, te vas y vuelves, te vas… y vuelves… tu indecisión me deja pasmado. Ojalá que nunca te tuvieras que ir. O mejor aún, ojalá que un día ya no regreses”.

Al gato no le interesa la vida en su totalidad, transita en ella como si fuese una calle más en su camino. Sus gustos son ley universal, cruda e indescifrable para la mente mortal. De existir algo que no le agrade, eso, estará condenado a la indiferencia eterna. Como dijo Neruda, el gato no es gato porque nació así, es gato porque quiere serlo.

Sus ojos no son galaxias, son agujeros negros que atrapan la vívida magia del encanto. Su mente es el manicomio destinado de soñadores frustrados y músicos que nunca tuvieron instrumentos. Su pelaje es bosque encantado, escenario de las mejores caricias.

Dentro de esta lógica, me gustaría compartir una idea que ha estado merodeando por mi mente durante varias semanas. De materializarse, el amor debería tener la forma de un gato, o al menos, su sonido. Lo perfecto no es cuestión de percepción, es sobre ser o no ser.

El amor debería tener siete vidas, debería ser atento e indiferente al mismo tiempo, debería alimentarse de pequeños detalles así como el gato consigue pequeños insectos. No sería una locura pensar que, cada vez que suelta un maullido, expresa hasta el sentimiento más enfermo con lujo de detalles.

“¿Otra vez tú aquí? Ya cánsate, pero por favor, no te vuelvas a ir” dijo mi gato mientras apretaba su cabeza contra mi pantorrilla y me exigía el cariño pendiente de todo el día. Yo, cumplidor, me agaché y lo consentí hasta el hartazgo. Cuando se aburrió de mí, me dio esa mirada que ya conocía de memoria. El mensaje era claro: “Ahora dame comida”.

Así debería ser el amor, una exigencia silenciosa y mutua que se complace con una independencia candente e inagotable.

Un ronroneo constante que no se puede apagar.

Sobre insomnio e inercia

La pregunta rápida nunca exige una respuesta rápida, más bien, clama a gritos una solución consciente y con alto valor de veracidad. ¿Alguna vez has considerado realmente que todo lo que te ha pasado tiene una razón?

Claro, la salida rápida y común podría ser el trillado “todo pasa por algo”, pero en realidad esta puede ser la excusa más vil y tramposa para darle una explicación lógica a tu mala suerte.

Últimamente me he aislado con un sinfín de dudas y curiosidades como esta que resultan muy difíciles de comprobar. Seguramente he ahí la razón de mi insomnio, o tal vez, mi mala racha en la vida es tan persistente que ya no tengo ganas ni de cerrar los ojos, tanto en las noches como en las mañanas.

¿Existe tal cosa como el destino? Creo que ese tema se debe tocar con algunas tazas de café después de haber terminado varias botellas de licor. Lo peor es que nunca habrá una sentencia definitiva. Es como ver a un perro que da mil vueltas intentando atrapar su cola, dándose pausas para descansar sobre sí mismo y volviendo al ruedo cada vez que la desgraciada vuelve a agitarse.

Sobre la inercia no hay mucho que decir. No se puede esperar nada de la hija de puta que te repite y repite y repite lo mismo noche tras noche tras noche tras noche. Maldita inercia, ojalá te mueras.

En fin, no voy a retomar viejas costumbres con ciertas pastillas de las que ya no quiero acordarme. Lo único que busco ahora es poder descansar como la vida lo demanda aunque sé que no será así. Me espera una larga noche y otro desvelo acompañado de letras, un poco de alcohol y tal vez, solo tal vez, recuerdos de mi inocencia perdida.

Buena noche.

Historias finitas

Existen, a lo largo de una vida y a cada momento, muchas historias finitas que no han tenido el gusto de llegar al auge de la inspiración. Son de esas historias que tienen finales pasionales y se cierran de golpe, como si se tratara de la escena final de una película en cámara lenta.

Hay finales necesarios, inútiles y hasta postergados, pero fuera de cada categoría, donde la razón pierde validez, están los finales adelantados. Son de ese tipo de finales que no debían llegar, que se aferran a tu ser y los arrastras día tras día, que parecen terminar y nunca terminan de hacerlo. Hay finales súbitos que te pueden matar por semanas enteras.

No basta con saber manejarlos, la conmoción puede ser tan fuerte que te podrías agotar solamente intentando entenderlos. Suena cruel, pero no hay mejor definición para este tipo de sucesos. Cuando hayas logrado encontrar al menos la obvia razón del porqué ocurrieron, ya será demasiado tarde. El ocaso de cada día no se anuncia ni da señales, solo se da por obligación.

En estos casos conviene ser un espectador más, involucrándote de una manera muy simple y asegurándote de poseer un sentido total de libertad para limpiarte de una carga emocional que vas a tener que asumir aunque no quieras.

Tal vez no basta con ser cínico. Quizás lo único necesario para sobrevivir a una historia finita sea un cigarro regalado, la mirada desatenta o un poco de mala suerte. Pero no me malentiendas, querido lector. Nada garantiza que saldrás ileso de una experiencia así.

Génesis

Cuando algo empieza, empieza bonito. Los primeros momentos siempre son así, inusuales y fuera de lo común. Durante esos momentos, cualquier detalle puede hacerte sentir especial: las miradas fijas, los mensajes cursis, los abrazos tímidos, los susurros en medio del ruido y las manos que se encuentran por casualidad. Todos los gestos de esa persona podrán provocarte un terremoto que quebrará tus cimientos.

De repente, sin dejarte muchas opciones, todo empieza a verse más hermoso de lo habitual. Los colores se avivan, las estrellas aumentan su brillo, las sonrisas se vuelven más sinceras y los sentimientos afloran con mayor nitidez. Te vuelves un crítico de todo y estás más pendiente sobre tus gustos y lo que quieres compartir. Ya no te aburres ni te angustias con facilidad, de hecho, aprendes a canalizar las emociones negativas y se convierten en paciencia. Mágicamente, te despegas de la realidad por plazos cada vez más largos y utilizas ese mismo pegamento para atraer a la otra persona. Te empiezas a desconocer porque te vuelves más creativo y te haces más creativo porque te descubres enamorado y te desconoces. Ese es, tal cual, el círculo vicioso más difícil de superar.

Una vez que llegues a aceptar tu situación, relájate. Si luchas contra eso solo conseguirás caer con mayor rapidez. Es como estar atrapado entre arenas movedizas. Simplemente deja que fluya, desenvuélvete, come algo y vuelve a dormir. Cuando despiertes de nuevo, respira hondo y tómalo con calma. Ningún sentimiento ha desaparecido de la noche a la mañana. Despreocúpate, absolutamente todos, sin excepciones, se han emborrachado de amor.