Luciana

Mira, pequeña, la luz,
toda esa luz
entrando por la ventana;

mira la calma de un librero hechizado,
las plantas de mi madre
y el amor…

todo ese amor
acurrucándose entre sábanas.

Mira, princesa, nuestro cielo
soñando tornasol,
bostezando hasta las lágrimas.

Mira, Luciana, todo ese amor…
amor
como cada catorce de febrero,
como una respuesta divina,
como paraíso y dulces frutillitas.

Mira, vida de mi Vida, los abrazos,
los besos en las manos,
las mejillas sonrojadas
y un berrinche…

ese berrinche
que se llora
desde el corazón.

Y qué más, Pachamama

I
Y qué más, Pachamama
si ya no hay sangre pura

si se han llevado el oro y la creencia

y me arde la piedra labrada
bajo el sol que llora
por sus hijos.

II
Qué más que puma,
llaqta y wasi

si seguimos aquí
siendo incas
siendo dioses.

III
Qué más
si la hoja de coca nunca muere

en ofrenda
en la cocha
en la chuspa
en la boca

y nos cura
cada noche.

IV
Qué más que un caminito
del qhapaq ñan
que llega a casa
y me guarda los pies cansados
con mi madre.

V
Qué más

si no quedan lágrimas para sollozar
sobre un Machu Picchu

de cartulina.

VI
Qué más
si perdemos el sentido

del apu
del ancestro
del campesino
del ande.

VII
Y qué más, Pachamama
si nos haces falta

y solo tenemos
este manto de estrellas
brillando sobre nuestros chullos

al infinito.

Ojos tristes, suaves y cansados

Ojos tristes,
suaves
y cansados.

Aún recuerdo el sofá
cerrando el paso de la puerta
y el silente metal negruzco
con el sol en la ventana.

Recuerdo la llamada,
la broma
y la invitación.

“Come, hijo, tu tía lo ha hecho con cariño”.

Y recuerdo los ojos tristes,
suaves
y cansados.

Ellos comen,
ríen, beben,
me convidan
y yo entiendo,
de a pocos,
lo que es el amor.

Ellos se besan,
se quieren, se abrazan,
y yo entiendo,
un poco más,
de qué trata el amor.

Ellos lloran,
sonríen,
perdonan
y yo entiendo,
de verlos,
cómo es el amor.

En ese momento, los veo
y ellos se miran
y lo entiendo.

Sí existe
el amor.

Toma, hermano

Con tu puedo y con mi quiero
vamos juntos compañero.
– Mario Benedetti

Toma, hermano, un puchito
para aliviar la pena
con un poquito de mal,
con tu libro bajo el brazo
y un vasito de Cusqueña.

Toma, hermano, ese pase largo
sobre las veredas olvidadas
de balones mustios
y zurda magistral.

Toma, hermano, un abrazo por los hombros,
la cabeza parca
y una infancia de helechos
con aroma a primavera.

Toma, hermano, la amistad
que nace
recorriendo la vida
desde el alba.

Querida tú

Querida tú,

sé que a veces
(solo a veces),
me recuerdas

entre desvelos
y melancolía.

Sé que lo haces
sin cariño
ni añoranza.

Tal vez
(solo tal vez)
tu día no sea propicio para este momento
ni el momento sea el indicado
para hoy.

Pero sabes bien
que lo nuestro
tampoco lo fue.

Sé, también, que sigues aquí,
llevándome de la mano
por aquellos lugares
que yo he de evocar.

A veces, tus alas no encuentran vuelo
y otras, mis ojos te reverberan.

El frío
no es más
un suave palpitar en las cortinas.

La noche
siempre será
el manto tejido en soledad.

Tú y yo,
un par de corazones
apagados en la berma.

Y las fresas…
esas malditas fresas.

Lo sabes, amor.

Sabes que a veces
(solo a veces)
me recuerdas

sin querer recordar.

Doce uvas

Doce meses
como doce días
a las doce horas
de la noche
bajo el alba.

Doce frases,
doce gritos,
doce amores,
doce risas.

Doce nombres
a las almas
de los seres
durmiendo
embrujadas.

Doce años en las mismas.

Doce llantos,
doce juegos,
doce anhelos,
doce mentiras.

Al final, doce uvas
que solo son uvas
como doce días
postergándose
toda la vida.

Dioses

Vamos a salir un poco de este espacio
y declararnos dioses.

Dioses que han existido desde siempre,
observando lo efímero
y evitando su eternidad.

Vamos a reencarnar las vidas
para ser niños de nuevo,
jugando a la inocencia cortada
entre notas musicales
y sangrando arte
en medio de la guerra.

Vamos a olvidarnos de la muerte
bajo el dolor de ser humanos
mutando a lo infinito
sobre las heridas frescas
de los que vienen
de los que se van.

Vamos a celebrar los restos
por todo el giste derramado
con el brindis en el aire
y mil versos en las lenguas.
Recordando lo esencial,
sin despedirnos todavía.

Vamos, salgamos de este espacio
y declarémonos dioses.

Dioses existiendo para siempre,
evitando lo efímero
y manipulando nuestra eternidad.

Cavoli riscaldati

Lo nuestro era un ocaso
con tintes de color azul.
Un día de verano sin eneros,
una noche de enero sin domingos.
Lo tuyo era el escondite.
Lo mío, un usado corazón.

Ay, ¿dónde estás?
No te veo.
Y mis manos escaparán de mí
hasta saber pedir auxilio.

Ay, ¿a dónde vas?
No te encuentro.
Y eres ser de silueta borrosa
entre lluvia y aguacero.

Ay, ¿dónde te veo?
Si ya no estás.
Si ya no quedas cerca.
Si ya me tienes lejos.

Será que todavía eres amada,
será que tu calor hace frío,
será que, entre nos, ya no te quiero.

Y aun así, yo te seguiré esperando,       
como quien está harto de la vida
pero no se cansa
de vivir

Y, aun así, te seguiré esperando,            
como quien está harto de la vida
pero no se cansa
de vivir.

Mi Perú es un capulí

Mi Perú es un capulí,
frondoso,
insigne,
alto como el cielo,
vivo desde la raíz.

Y ellos quisieron talarlo
hurgando en las heridas
para matar el suelo
y la libertad.

Pero se toparon con su pueblo.

Aquel, que ni mil perdigones,
ni cien mil lacrimógenas,
ni un millón de policías asesinos,

nada,

lo podía doblegar.

Mi Perú es un capulí
y su pueblo es sagrado
y su pueblo eres tú.

Su hijo, su hija,
su pequeña hojita,
bailando al viento,
al fruto dulce
de la revolución.

Dale, no te rindas.

Échale
ramita pasional
un poco de amor a tu bandera.

Dime

Dime, viento, cómo es tu aire
cómo mueves las hojas
cómo empañas los lirios
cómo vuelas sin levantarte.

Dime, corazón, qué te hace latir
si es el ritmo del dolor
o una herida abierta
cuando ya no queda sangre.

Dime, lluvia, por qué has de caer
sobre la hierba inerte
que te reclama en amarillos
sin conocer de verdores.

Dime, amor mío, quién es quién
si es mi sed la que te llama
o es solo el desamor
cual pequeño tentempié.

Dime, sol, cuándo estarás aquí
para esperarte a secas
y cobijarme entre miradas
que en tu desvelo han de dormir.

Y si me concedes esta última pieza
dime, tiempo, cuándo vuelves
dime, cielo, por qué te vas
dime, vida, qué es la muerte.

Tejado

Aire con sabor a libertad
como los días que se van volando sobre nuestras cabezas
como los pájaros que deciden no volar
como la mirada ahogada en un charco de incongruencia.

Cielo, lluvia, colibrí,
respira y mantente a la expectativa,

ni tu amor será eterno
ni los ecos pueden apagar el silencio

y la noche se hará cargo de los amantes
como quien intenta matar la sed.

Tejado rojizo,
humo de todos los colores,
lo lejano nos llama al vacío.
Como quien mira directo,
siempre,

hacia el sol.

Soy una bandera

Soy una bandera rojiblanca
flameando incólume
ante los crueles vendavales de la historia.

Soy el árbol de la quina, la vicuña solitaria y una cornucopia vacía.

Soy tu himno al mediodía,
cantado de norte a sur,
con solemnidad.

Soy todos los ancestros corriendo por mis venas.
Soy el cacique de una rebelión que ante el destino se levanta.
Soy un balcón escondido, proclamándote la independencia.

Soy el monitor Huáscar
surcando al enemigo
presa por presa.

Soy ese último cartucho
quemado con honor
en nombre de la libertad.

Soy el sacrificio de la vida
surcando los parajes del cielo
bajo los colores de mi patria.

Soy un pueblo condenado, con resistencia a la tiranía.
Soy la lucha campesina por toda la sangre derramada.
Soy todo lo perdido y una herida en la memoria.

Soy la vanguardia del cigarro y el cuento de la insignia.
Soy un huaynito para el frío y una calurosa marinera.
Soy la voz del zambo Cavero y Avilés con su guitarra.

Soy una piedra negra sobre una piedra blanca.

Soy la bandera de una plazoleta desierta, sofocándose en la costa.
Soy la bandera de una escuelita olvidada, en lo más alto de la sierra.
Soy la bandera de un bote adormecido, entre la noche y la selva.

Soy la identidad en el rostro de tu gente,
el dolor punzante de un par de siglos
y todas las escarapelas de mi infancia.

Kausachun Qosqo

Sacra ciudad pétrea
que se erige
para construir el tiempo,

suelo de mil tierras
impermeables al olvido,

la rutina del hombre
bajo el pálido sol de invierno,

imperio de milenios
doblegado por los siglos.

Aquí, la sangre es oro y viceversa.

Los muros conversan silentes
y las montañas forjan amaneceres dormidos.
Los rostros son dibujos ancestrales
y por las calles corre el pulso de los muertos.

El cielo llora amargo,
cuida a sus hijos.

En tu pecho, la raíz nos cruza el corazón,
las garras sísmicas reposan felinas
y tu lomo fluye hasta el hastío de los huesos.

Dulce savia de sincrético eucalipto,
mis llantos se han quebrado en tus quebradas
y los chihuacos vuelven a las pléyades
como un paisano retorna a su nido.

La luna te viste de gala

y nuestro árbol florecerá orgulloso
a vuestra estirpe,

y tu himno te cantará por siempre
hasta el desgarro,

y mi cuerpo se fundirá en tu vida
inmortal.

¡KAUSACHUN QOSQO!

Angelita

Tengo un pedacito de alma
que se me va cada tanto
y vuelve
cantando la Huaja
a los tejados.

Para mí, sigues siendo la polilla
de ojos amarillos
y la piel entre mantitas.

Aún sobre la cuna,
dormida en el ruido
volviendo del jardín,
y llorando a golosinas.

Tu infancia de Scouts y marinera.
Tu risa, paraguas para lágrimas.
Tus sueños en Lima y el drama.
Tu corazón, océano de panteritas.
¿Una canción? Kanaku o María Laura.

Y recuerda siempre, pequeña:
Mami ya viene.
Llama a papá.
Te amo.
Necesito la cámara.
Mira a los gatos.
Y avísame cuando llegues a casa.

Las he visto

“Te vi follar y fallar y no sé cuándo me gustaste más: si cuando te contemplé proclamándote diosa o cuándo te observé confesándote humana.”

Elvira Sastre

Las he visto despertar
entre música y poesía
solo para decorarse
al rimar su belleza.

Las he visto ser flor y lluvia,
viento y marea,
ruido y penumbra,
otoño y estrellas.

Las he visto gotear fuego
hasta detener la vida
como el cambio de piel
de una silueta infinita.

Las he visto en ruinas
de hojas en blanco
que dibujan la historia
a garabato lento.

Las he visto acusadas
por la culpa ajena
y sus ojos tristes
palpitando en silencio.

Las he visto caer
al vacío insoportable,
levantarse
y florecer de nuevo.

Espejo

El escenario perfecto
colgado en un “buenos días”
y la palabra frágil
moviéndose al viento
con delicadeza.

La expresión latente
probando rostros,
pintando máscaras,
deshojando margaritas.

Un manto triste
que filtra luz
y su naturaleza.

La esperanza de ser
siendo infinito
caminando en un as
sin truco bajo la manga.

La mañana seca
con ímpetu de tempestad.

***

Lo vi feliz
hasta el cansancio.

Aburrido de todo,
la sonrisa falsa
y el insomnio crudo.

Antes se esforzaba
un poco más
a veces solo,
a veces a pedazos,
a veces de par en par.

***

Ay, si duele la vida
tanto como el alcohol bebido
sobre una herida fresca.

Luego, empezó a desconocerse
en el temor a la ruptura
rompiéndose
sin saber qué esperar.

La caída libre
sin vacío
fugaz y extensa.

La noche, la culpa:
un delirio de amor
convertido en recuerdo.

La memoria en la ensenada
y la mirada fija
en ese espejo
i m i t á n d o l o .

Finalmente, la culpa,
siempre la culpa,
encarando, sin miedo,
al mar.

Quiero volver

Invítame un poema
sobre la fresa de tus labios
y el idilio eterno
de tu nombre con el mío
que vacilan en volver
como si de sed se tratara.

Tus recuerdos han escapado por la ventana
llamándome a despertar
a cada beso
a cada esquina
a cada madrugada.

¿Por qué me llevaste de la mano
a ese extremo de la tormenta?
Si nunca pude volver
y tú eres un manante
que no deja de fluir.

Por favor, amor,
sácame de aquí
que tus canciones sienten la ausencia
y mis ojos te buscan donde ya no estás
como si de vapor se tratara.

Este poema nació un jueves,
sufrió a Lárregui
y agoniza con un vino
bajo cartas releídas
y la memoria ensangrentada.

Nunca debí amarte
porque no era la mentira
sino, la oportunidad
de poder partir
vestida de rabia.

Las dudas me empapan el alma
respondiéndose a sí mismas
con angustia
como si de lluvia se tratara.

Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.

– repetirlo los septiembres que sean necesarios
y no recordarlo más –

Ya no sé, mi amor, qué hacer.

Entre mi añoranza y tus senos
no quedan cenizas,
todas han volado
al azul
como si del mar se tratara.

El vacío no entiende de nada
ni de dolor ni de tristeza,
solo tiene empatía
para cargarme los ojos
de tortura.

Y de nuevo, te vas
y te has ido varias veces
dejándome el café tibio,
la fe en una pendiente
y un aroma entre mis sábanas.

¿Te confieso algo?
Quiero volver.

Pero no al lugar
ni al momento
ni a ti.

Quiero volver al sentimiento,
al verso en limpio,
al corazón sin quebrar

como si de mí se tratara.

Tiempo al tiempo

Sigo esperando a alguien
dentro de un calendario
que solo conoce de semanas
y si le hablo de septiembre
me mira con extrañeza.

Ya no existen los días
ni ganas, ni ansias, ni paciencia,
ni rastro de lo que fue
tu labial sobre mi almohada.

Se quedaron en pausa
todas las veces que de amor
pusimos en vilo al aire
como recuerdos atorrantes
saboreados con delicadeza.

Ojalá fuéramos cíclicos
y embonemos mil veces más
desafiando al reloj
y a sus manecillas.

¿Cuándo piensas volver otra vez?
Recuerda que no hay prisa
pero la vida es lineal
el cariño, una herida abierta
y el tiempo, la curita.

Que sea un jueves
ni tan cerca, ni tan viernes
como para revivir el ayer
y confundir al mañana.

Que sea una tarde distraída
divagando en la cocina
con los ojos desarmados,
las palabras entreabiertas
y una película incompleta.

O mejor un cuando puedas
donde y como sea.

Memento mori

Recuerda que vas a morir,
tus pulmones son bolsas vacías con fecha de caducidad,
tus huesos dejarán astillas corroídas por el tiempo
y tu carne cultivará miseria para el mundo.

Acéptalo con valentía,
como el perro que ha perdido el temor al hombre,
ladrando su rebeldía
a cada transeúnte.

Recuerda que perecerás,
tus pasos faltantes ya están contados en cada camino,
tu voz se apagará en el eco previo al silencio
y cambiarás el olor de sangre viva por madera y terciopelo.

El umbral no va a cruzarse solo
y los días se te están yendo en tantos trámites
que no llegarás al otro lado.
La monotonía nunca ha sido un buen epitafio.

Recuerda que no lo podrás evitar,
se te acaban las noches aburridas y los sueños húmedos,
hay tantos cafés que no tomarás
y el mañana no es nada más, que incierto.

Simplemente recuérdalo,
morirás,
pero más importante aún,
no te olvides de hacerlo.