Solo para fumadores (Tributo a Julio Ramón Ribeyro)

Muy como el flaco, empecé a los catorce o quince años, apoyado en la descolorida baranda afuera del ICPNA. Como a cualquiera, la primera pitada me causó una tos implacable y la promesa de no volver a hacerlo más, mas nunca he sido el indicado para hablar de compromisos.

Le perdí la gracia por mucho tiempo hasta que llegó la época de los quinos y las fiestas de promoción. Ahí, el fuego forrado de blanco fue mi mejor arma para combatir al frío y al mal del primer amor que me atormentó durante tres largos años. Luego, como cerrando el mismo ciclo, también terminé el colegio.

En la universidad conocí a mi primera relación seria que me pidió abandonar este hábito por cuestiones estéticas. Como un fugitivo, tuve que mantener el humo en secreto y disimular el olor que me dejaba. En aquel entonces, fumaba sin importarme la calidad de lo que entrara a mis pulmones y no me inclinaba por un sabor o una sensación en especial. Después de un año y un poco más, con todo terminado, me sumergí en el mundo de las marcas. Así comprendí la importancia de identificarme con la empresa que me ofreciera la mejor muerte.

Motivado por mi ignorancia en el campo, comencé a probar de la variedad para familiarizarme con los diferentes nombres y sus propiedades. Los Lucky nunca han sido de mi agrado por parecerme muy inconsistentes, los Pall Mall y los Premier estaban… más o menos (a veces más menos que más) y no tengo palabras para describir mi repulsión hacia los Golden Beach. Atorado en ese trajín, entre decisiones nefastas y vueltos incompletos, descubrí que mis favoritos siempre habían sido los Hamilton. No los tomé como la gran maravilla al principio, pero poco a poco se consolidaron como irremplazables. Su comodidad para mi bolsillo y su aroma a nostalgia me fueron enamorando, año tras año, en un sinfín de cajetillas para el bar, la noche y mi literatura.

Ya con la consigna de casero en todas las carretillas a las que frecuentaba, compartí mis tabacos y parte de mi rutina universitaria con una querida amiga mexicana con quien adopté la manía de prender uno sin haber terminado el anterior. Debido a que su estancia aquí fue muy limitada, quiero dedicar estas líneas para decirle que la extraño y espero que muy pronto podamos quemar algunos cerillos de nuevo.

Con el pasar de los años, mi costumbre tabaquera se fue quedando trunca porque solo la aplicaba como compañera para bebidas bohemias y viajes cansados. No me había considerado un fumador empedernido ni cuando encendía los cigarrillos de siete en siete en fiestas que no valen la pena recordar. De a pocos, mi consumo se mantuvo leve y estable, como esa colilla que sigue apagándose en un cenicero eterno.

Entonces llegó Pamela y me enamoré sin norte ni sur. Lamentablemente, mi vida es una constante decepción que sufre una enfermedad crónica de verdades incompletas y cuyo síntoma principal es la pérdida de lo que más quiero. Toda esta experiencia me llevó a reiniciar mi vicio de calar por sufrimiento, el mismo que empecé en la pre-adolescencia y se me había hecho esquivo por razones que escapan del corazón. Mezclando la necesidad con el gusto, me convertí en una máquina de volutas que funcionaba de cuatro a seis turnos por noche; así sea en la calle, la azotea, los taxis o cualquier otro lugar que pudiera tolerar mi desdicha.

Entre recuerdos amargos y terapias mal escogidas, con la poesía ya encima, conocí a un gran compañero de puchos para seguir jugando a esta rasposa actividad libre de beneficios. Cada dos sábados, sumergidos en las letras de Juan de Dios Peza y pendientes del otro, nos preguntábamos si había o no había. Si no había, tocaba invitar.

Hoy por hoy, con el maldito infortunio que conlleva una enfermedad directamente ligada a la respiración, tuve que controlar mis insistentes gustos por un tiempo. Dicen por ahí que uno siempre vuelve a donde fue feliz y, al no poder volver a la universidad ni a Pamela, solo quedó aferrarme a ese aroma que deja la ceniza mientras se abraza de un recuerdo y se impregna en la ropa.

Y muy como el flaco, quiero decir que ya empiezo a sentirme algo agitado. Mis procesos bronquiales ya no se curan con facilidad y no me quedan más segundos aires. No quiero terminar este pequeño tributo sin soltar una idea plasmada sobre la cruda realidad; porque esto no es una reflexión ni una oda, este es el puro gusto de escribir solo para complementar al hermoso acto fumar: “El cigarro es el suicido perfecto, asegurándote un prólogo lo suficientemente largo para disfrutar de todo, antes de ir a la tumba”.

Seguramente, en algunos años, revisaré y reeditaré este texto con todos mis sentimientos encontrados y a flor de piel. Por ahora, volveré a encender un desgraciado pitillo ante la innecesaria necesidad de sentir el humo entre mis fauces. Pues aún cargo, como mis pulmones negros, con la culpa de seguir fumando y el placer de poder hacerlo.

Seguro de vida

–¿Usted fuma?
–Ocasionalmente
–¿Qué tan ocasionalmente?
–Uno a la semana, tal vez dos.
–Ya veo… ¿Padece alguna condición cardiaca?
–Me han roto el corazón varias veces.
–¿Ha sufrido lesiones de gravedad?
–Mi espíritu es inquebrantable, siempre ha salido ileso de las más duras batallas
–¿En su familia hay antecedentes de enfermedades hereditarias?
–Mi padre y mi abuelo eran románticos empedernidos.
–Ok… ¿Su trabajo o pasatiempos lo exponen a riesgos o accidentes?
–Soy escritor, el único riesgo en mi vida es no encontrar la palabra adecuada.
–Señor, si no va a tomar esta entrevista con seriedad, no hay nada que pueda hacer por usted. Gracias por su visita.

Don Julio salió de la oficina de seguros con la misma certeza que lo inundaba al entrar en ella: su vida, tortuosa e inverosímil, seguiría siendo un largo camino a la miseria. Al emprender marcha, mientras se despedía con un ademán tosco y grosero, encendió con elegante dificultad su sexto cigarrillo de aquella mañana.

Sin sentido 7

Recuerdo haberme puesto de pie ante un espejo que no me reflejaba. La pesadez dominaba a las pocas prendas que me envolvían y mis huesos daban la sensación de romperse con cualquier movimiento brusco. Por algún motivo al azar, tenía a Romeo y Julieta en la mente, un fuerte olor a marihuana saturaba el entorno y la luz filtrada por la ventana se fundía entre tantas cosas que aludirlas era imposible hasta para el más largo de los etcéteras.

A todo esto, mis ojos no paraban de sangrar. Las lágrimas brotaban de mí como una cascada y el fuerte sabor a hierro era inconfundible. Se trataba de una pesadilla, sin duda alguna.

Como pude, arrastré mi cuerpo hacia la única puerta entreabierta que encontré. La apocalíptica imagen que se formó delante de mí, me amarró un nudo en la garganta.

Las nubes, negras y tormentosas, enfilaban en el cielo como si colgasen de hilos muy delgados desde el infinito. Entre relámpagos y vientos huracanados, lo único visible alrededor era la ruina. Absolutamente nada parecía resistir el flagelo que lo condenaba y absolutamente todo se sacudía al ritmo de insoportables gritos de terror. La sentencia estaba dictada y era inminente, como si algún dios nos hubiese declarado la guerra.

Al querer levantarme, sentí que algo me observaba. La tragedia cesó de repente. Cuando pude componerme, mi visión nublosa distinguió al pequeño cuervo en la cima de un arbusto salido de la nada. El animal, inmóvil como una estatua, me lanzó la mirada más despiadada e inerte ornada con desdén. Sus córneas tenían el color del mismísimo infierno. En ese instante, un miedo visceral me sacudió la cabeza. Intenté correr, pero el oscuro córvido alzó vuelo, levitó frente a mí y continuó con su macabro banquete.

Entre mi pavor y su apatía, el sufrimiento decoró la escena con lúgubre solemnidad.
Y entre el dolor y la sombra, pude escuchar que alguien susurraba.
Nunca más”.

Que fatal resultó dormir con más ganas de pasado que de presente. Peor aun, cuando ambos se han pintado de grises y el futuro pierde relevancia.

En el abismo

Caminaste durante horas por un sendero que parecía perderse sobre las montañas. El inicio sin fin, hacía del aire algo tan denso como la mala hierba en los sentimientos que hoy nos invaden. El destino, abstracto e irreal, se pintaba utópico entre la llanura. Sabías que al verlo, lo reconocerías.

En una curva del camino, mientras el amor te distraía la mente y el corazón, un incómodo mosquito cruzó zumbando por el rabillo de tu mirada. Al evitarlo, la salida que andabas buscando se materializó frente a ti. Lo supiste desde ese preciso instante.

A nivel del suelo, una enorme roca y un par de arbustos calmos te invitaron a entrar en un bellísimo paisaje, donde lo verde era altura y el cielo tenía sabor a recuerdo. Lejos, en piso de valle, las pequeñas casas se veían como un sueño del que nadie quiere despertar. Las sombras de las nubes maquillaban la vista y el vértigo se te antojaba más y más con cada segundo que pasaba.

Sin dudarlo, orillaste al borde del abismo. La dicha te envolvió cual pluma bailando en la brisa. Al compás de aquellas canciones que te aceleran la respiración, la noche cayó somnolienta y el tiempo pasó como agua discurriendo en la eternidad.

Todo lo impregnado en ese mágico lugar se te volvió en contra cuando te percataste de que era el momento de seguir. Con mucha paz en el interior, entendiste que de la vida no entendías nada y, durante breves pestañeos, fuiste feliz.

Luego del silencio más absoluto, te dejaste caer. Después de todo, era tu destino. Por fin habías encontrado el lugar perfecto para morir.

A París

A los pies de su tumba y con la mirada fría de tanto invierno en el rostro, mi voz entrecortada leyó sus versos de algún jueves que hoy nos reposa. Aquella tarde, entre cadáveres y piedras, sentí el verdadero calor de sus palabras.

El día anterior, como un niño en la cúspide de su infancia, tomaba un chocolate caliente al lado de un carrusel lleno de colores y sonrisas. Desde la Rue Cambronne, no demoré ni diez minutos en llegar a la explanada del Campo de Marte. Allí, colosal y esbelta, la torre Eiffel nos modelaba su figura. Al verla, me acerqué todo lo posible para disfrutarla. De repente, desde los más profundo de su altura y directo a mis manos, un pequeño sombrero gota de agua negro cayó sin paracaídas. Ningún transeúnte ni guardia de seguridad me dijo absolutamente nada. Era casi como si, agradecida, la magnífica construcción me hubiera enviado un peculiar presente. Lejos de sentir culpa o remordimiento, puse la prenda en mi cabeza.

Un poco más allá, a orillas del Sena, la catedral de Notre Dame sostenía una gótica expresión de pesar en sus vitrales. Mientras pasaba a su lado, media cuadra al frente y a plena luz del cielo, la librería del dramaturgo dormía entre veredas. Esta se me hizo escurridiza hasta que, hurgando en la memoria, recordé aquella foto donde el flaco Ribeyro sonríe y posa justo delante de su puerta. Para mi maldita fortuna, la entrada del local se encontraba en mantenimiento. Así, no tuve más remedio que conformarme con la distraída fachada de su cafetería.

Luego de una noche ardiente en el Moulin Rouge y algunos Gauloises en el bolsillo, los árboles desnudos me invitaban, nuevamente, a caminar. Mi cita ya estaba por cumplir su hora de llegada. Bajo el rebuscado umbral en la Rue Froidevaux, mis ojos no vieron más que fiebre y melancolía. El cementerio de Montparnasse no es, quizás, tan grande como el de Almudena, pero vaya que te muerde los pies cuando lo cruzas. Entre Cortázar y Baudelaire, yace acostado un insigne que a punta de dolores nos alimenta la nostalgia. Para mí, nunca ha sido fácil terminar de escribir ciertos momentos, pero aquel día, llorando a Vallejo, quedará grabado por siempre en mis horas más largas. Nevando tanto, para que duerma.

Y sobre los boletos de tren, la llovizna y sus poemas, no tengo otra razón más para agradecerle a París, que haberme robado un pedacito de la vida.

A partir de entonces

Éramos como dos pequeñas florecillas pululando bajo una eterna primavera. Al recordar su advertencia, oculté mis fervientes deseos de besarla. El color de sus labios se asemejaba al de una nube en el atardecer más hermoso de mi vida y la esponjosa caricia de sus roces podía llamar la atención de cualquier incauto. Mis ganas se multiplicaban a cada segundo transcurrido pero su apercibimiento era tan claro como el agua del que no me dejaba beber.

“No lo hagas, no te atrevas, después de esto no habrá marcha atrás”.

Pronto, la fuente de inspiración se vio trunca en un callejón sin salida. Su miedo, indescifrable y latente, nos estaba carcomiendo con voracidad. Me acerqué un poco para estimular alguna reacción suya y ella solo atinó a voltear el rostro, simulando que no me conocía.

Recordé también, como quien encuentra una aguja en el pajar, la sutileza de su sarcasmo. Aquel arma de doble filo que ponía en tela de juicio a cualquier dicho, idea o frase que pronunciaran sus palabras. Ahí me di cuenta que no nos encontrábamos en una situación excepcional. Toda esa pantomima se resumía en la más frívola invitación a intentarlo y atenerme a las consecuencias.

En ese momento, volvió a girar para encontrarme de reojo y su pícara sonrisa fue suficiente. Lo supe apenas las pupilas se encontraron. Caí en su abismo lo más rápido que pude. El acto fue fugaz y sin dar tregua a ningún tipo de reacción.

Nuestras bocas quedaron estampadas desde aquel instante y para siempre.

Y, a partir de entonces, no me arrepiento de nada.

Lawita de chuño

Era yo un niño, no recuerdo la edad. Mi casa, cálida y fugaz, se dibujaba ante mis ojos como una fortaleza. A ella solo se podía acceder por un pasillo tan largo como imperturbable. A la derecha, la sala-comedor. A la izquierda, los dormitorios. Al fondo, el patio y la cocina. Esta última, inmaculada, ha sido el lugar mágico en el que yo nunca supe de nada y mi abuelita siempre ha entendido de todo.

Luego de una larga mañana en el mercado y el mismo mandil de cada día, empieza con el afán del alimento. Todo planeado, todo en orden, todo en sus manos.

En un tazón lleno de agua, la harina de chuño va empozando toda su esencia para el toque final mientras la carne hierve y un aderezo se cocina al fuego lento de la sabiduría.

Poco a poco; el ajo, la cebolla y la zanahoria pasan brevemente por la tabla de picar para unirse al festín. La harina de chuño va cambiando su agua y dos ramitas de orégano saltan a la olla principal. Con la cocción en proceso, el aroma y la empatía se apoderan de toda la casa.

Las papas se van poniendo a punto de un lugar a otro al tiempo que ella consigue algunas habas, arroz y una pizca de sal. Si falta algo, sus dedos son inmunes y no tiene problemas con pellizcar lo caliente. Su experiencia culinaria es tan grande como su comprensión. Y una vez más, el chuño vuelve a cambiar de agua.

Para los últimos hervores, la esencia reposada es importante. Con mucha paciencia, esta se convierte en un hilo que cae sobre los demás ingredientes mientras ella los remueve con delicadeza. Eso sí, siempre con algún truco bajo la manga. El mismo sentido para mezclar y la misma mano para preparar, servir y amar.

Detallosa, corona su potaje con hojas de paycco y hierba buena. La lawita de chuño queda lista.

Me sirve un plato y yo no sé qué es lo que tengo delante de mí. “¿Qué pasa hijo? Come, está rico”.

Una inocencia infantil me inunda. Con la cuchara en la mano, levanto la mirada. “Pero abuelita, no quiero, esta sopa está sucia”.

Sin dar tregua a mi ocurrencia, empieza a reírse a carcajadas. “Ay hijito, a ver prueba”.

Le doy un par de sorbos y es una delicia. “Sí abuelita, tienes razón, está riquisisisisísimo”.

Ella siempre me lo recuerda, hasta el día de hoy, con una sonrisa. Cuando lo hace, me regresa a aquella casa, a aquella cocina, a aquella mesa en la que me ha criado y yo entiendo, en ese preciso instante, que eso es lo más hermoso de esta vida.

Sin sentido 6

Era un tesoro nacional. No sabíamos con exactitud su época ni lugar de procedencia pero era considerablemente grande y pesado. Cuando lo metimos a la maleta acordamos que, quien se hiciera cargo de él, tenía que llegar al destino a como dé lugar. Los demás podíamos sacrificarnos sin problemas.

Luego de un cortísimo viaje en taxi, llegamos al terminal terrestre más grande que había visto en mi vida: un edificio de veinte pisos con dos alas laterales, helipuertos, antenas de recepción y un generador de energía en su azotea. Todo el complejo estaba cubierto por ventanas reflectoras y daba la sensación de moverse si te acercabas demasiado. Era un coloso de la ingeniería.

Evadir los primeros controles de seguridad fue algo fácil. Con la distracción de algunos guardias pudimos pasar la maleta como si fuese algo fútil y sin importancia. Lo complicado, sin duda, iba a ser conseguir los pasajes y pasar el control del equipaje. Un letrero que apareció de la nada nos decía que este mismo se realizaba en el piso #5 y que los boletos se dispensaban en el piso #11, así que decidimos ir directamente hacia allá. Para no levantar sospechas, fingimos una rápida visita a los inodoros mientras uno de nos se llevaba el botín a los pies de la escalera eléctrica. Cuando salimos, un grupo de chalecos oficiales se acercaba a nosotros. Era el momento de huir.

Al ver que buscábamos una salida, los guardias se dispersaron. Después de varias escaleras y pasillos enredados, llegamos a un área donde las colas se veían eternas y los rostros se estiraban largos del aburrimiento. No tuvimos la menor duda de que se trataba del piso #11. Al acercarnos, una cara conocida me detuvo en medio de la gente.

La madre de una amiga, con mucho cariño, empezó a hacerme preguntas sobre la coincidencia que significaba nuestro encuentro. Entre una agradable charla y mi nerviosismo, noté que mis amigos ya estaban averiguando la ruta para completar nuestra misión. Con una excusa barata, me alejé de ella para alcanzarlos. Justo en ese instante, un par de miembros de seguridad me cortó el paso. El nudo en el estómago fue doloroso.

Con el temor a flor de piel, emprendí una carrera sin destino para encontrar un escondite en el que pudiese estar a salvo, fue así que terminé en un ascensor que parecía seguir en plena fase de construcción. Dentro de él, una panorámica de la ciudad me atrapó toda la vista. Extrañamente, noté que todos los pisos del terminal estaban numerados por fuera, lo cual me ayudó a saber con exactitud hacia dónde tenía que ir. Luego de muchos amagues, pude perder mi rastro del par de guardias que me seguían en un laberinto de escaleras de emergencia, del cual, no tengo ni idea de cómo salí.

Cuando volví al piso #11, vi que mis amigos aún conservaban el tesoro y conversaban en susurros. Llegué a su lado y me dijeron que los pasajes ya no eran necesarios porque podíamos colarnos a un bus que estaba a punto de partir.

A lo lejos, por las salidas de emergencia, un ejército de policías entró al enorme salón gritando que ya nos habían localizado.

Sin dar pauta a nadie, empezamos a correr hacia la puerta de embarque. Era raro sentir que ya conocíamos la ruta de memoria. Sin dificultad alguna, logramos nuestro cometido. Apenas subimos al vehículo, este comenzó su marcha y vimos que los agentes del orden se maldecían entre sí por no habernos capturado.

Mientras nos alejábamos de aquella soleada ciudad, al lado de palmeras gigantes y un hermoso atardecer, mis ojos se abrieron al insistente sonido de una alarma.

Monedas falsas

Don Rómulo estaba furioso. Luego de un fuerte intercambio de palabras con un veinteañero que la había cerrado el paso, el viejo comenzó a calmarse a pedido de sus turbados pasajeros. La avenida de la Cultura siempre ha sido un caos a las cuatro de la tarde, sobre todo si uno se dirige al centro. A esa hora, el brillo del sol te da en toda la cara como el puñetazo de un púgil en formación.

En la puerta del bus, como siempre, estaba Joselito. El oficio de cobrador no era algo ajeno para él. A sus trece años ya se conocía de memoria todos los paraderos de la ruta y esto le ayudaba a darse sus gustos en cabinas de internet y cigarrillos baratos que nunca podía terminar. Experto en pedir sencillo y calcular el vuelto con rapidez, el pequeño sagaz ya tenía la viveza criolla impregnada en la mirada.

Pasado aquel día y varias vueltas después, el dúo decidió hacer una ronda final para terminar su jornada. Saliendo de la ciudad, entre las asociaciones pro-vivienda y con la noche encima, solo quedaba un transeúnte en la fila del fondo. Joselito se le acercó para cobrarle el pasaje.

Cuando volvió a la parte frontal del vehículo, el niño se quedó mirando con detenimiento la moneda que el hombre le había alcanzado. Cargado de un largo lapso de duda, se levantó a regañadientes de su comodidad y fue a encarar la osadía de su último cliente.

–Está falso.
–¿Disculpa? – respondió el solitario.
–Esta moneda es falsa, tienes que darme otra.
–¿Cómo no te fijaste y me diste el vuelto?, ya no te la puedo cambiar.
–Pero está falsa, no seas vivo –replicó el niño con un nerviosismo que crecía como espuma sobre su cabeza.

Desde adelante, don Rómulo se había percatado de la tensión e intervino sin dudarlo. Clavado en su asiento, intentó girar la cabeza y vio con el rabillo del ojo que el joven se negaba a pagar nuevamente.

–Ya pues amigo, hay que ser honestos –dijo el viejo.
–¿Disculpe?, yo ya le di mi pasaje al niño y él me dio el vuelto, no es mi culpa que no se haya fijado, además, ¿cómo sé que no me está dando otra moneda?

Joselito sintió una indignación tan grande que quiso insultar al hombre de la última fila. Se acercó a él con la rabia ardiente y una intención peligrosa que parecía ahogarse en sus párpados inundados de inocencia. Antes de que pudiera articular palabra, el pasajero le dijo que no le pagaría de nuevo y lo mandó al diablo de manera sutil.

Don Rómulo, impaciente, había girado todo el cuello y parte de su torso para recriminar el cambio de sencillo. Cuando ambos miraron al conductor, lanzaron un grito aterrador que rompió la tensión en mil pedazos.

El viejo dio una vuelta inmediata y las luces altas del camión que venía hacia él lo cegaron en un instante. La maniobra sobre el volante fue rápida y violenta. El bus, que estaba invadiendo el carril contrario, tambaleó con fuerza brusca sobre sus llantas. La fricción del caucho y el asfalto derivó en un chirrido infernal fundiéndose con un bocinazo eterno. En cuestión de segundos, ambos ruidos se perdieron en el camino mientras los habitantes del vehículo se alejaban milagrosamente de la desgracia.

El alterado pasajero comenzó a recriminar la falta de atención del chofer y pidió bajarse en el siguiente paradero.

–Aprende a conducir, viejo de mierda.

El silencio fue sepulcral hasta que el dúo llegó a su destino. Incluso allí, ninguno de los dos pronunció palabra. Estaban congelados, como si la vida aún pasara frente a sus ojos.

–¿Qué sucedió, don Rómulo? –preguntó el niño.
–No lo sé, Joselito –respondió el viejo al mismo tiempo que su mano temblorosa apagaba el motor del bus–. Creo que a veces le temo más a las monedas falsas que a la muerte misma.

Cuando él bajó del carro, el niño se quedó pensativo, como esperando algo que jamás llegaría. En ese momento, se dio cuenta de lo hermosas que eran las estrellas.

El gato y ella

El gato negro abrió los ojos. Despertó asediado por el ruido de las máquinas que funcionaban en una construcción cercana. La luna se reflejaba en sus dilatadas pupilas mientras su cola permanecía inmóvil, sus bigotes se acomodaban a la suave brisa nocturna y su pelaje combinaba con aquella noche primaveral. Se encontraba en el tejado sobre el cual había pasado toda una vida. Su lugar favorito, sin duda alguna.

La periferia de ese techo estaba adornada por numerosos árboles que él usaba como transporte a tierra. Todos los humanos que vivían cerca lo conocían y no se hacían problema de alimentarlo una o diez veces por día, además, era el sitio perfecto para alejarse de la plaga urbana a la que otros llamaban perros. Estas cualidades convertían a ese tejado en un paraíso para cualquier felino. Empero, el gato tenía un motivo más poderoso para elegir siempre el mismo hogar: una mujer.

Cada vez que el minino levantaba la cabeza hacia la casa del frente, veía una solitaria ventana en el segundo piso de la misma. Ocasionalmente, desde su interior, se filtraba una tenue luz artificial que daba forma a la silueta de su amada. Las noches en las que esa ventana resplandecía eran muy raras, por ende, esa luminiscencia fungía como señal para que el gato supiera que ella estaba ahí. Él intentaba llamarla con largos maullidos pero era inútil. Algunas distancias parecen abismales cuando hablamos de amor.

Esta es la historia de una de esas noches.

Las horas pasaban con lentitud, los minutos discurrían largos y los segundos demoraban una eternidad. Al lado del gato, dos toritos de Pucará iniciaron una de sus interesantes conversaciones que tenían lugar, sin falta, todos los días a partir de las veintisiempre en punto. Ambos tótems, con mucha sabiduría y pasión, hablaban sobre política, religión, filosofía y varios temas de interés. El minino disfrutaba escuchar esas charlas, silencioso y atento. Sin embargo, en esta ocasión se sentía diferente.

Ni él mismo supo si se trataba de su instinto o un presentimiento externo, pero algo lo incitó a moverse de ahí. Sin estar seguro, sintió que su pequeño corazón se inundaba con un raro pesar o tal vez era la monotonía incomodando en su mente. Aparentando estar cansado de escuchar el coloquio de los toritos, se levantó sereno, estiró sus patitas delanteras, empinó la cola lo más que pudo y se despidió con un largo bostezo. Sin pensarlo dos veces, decidió bajar del tejado y visitar la ventana de su amada.

El gato, emocionado, se dejó manejar por la sensación que lo colmaba, aun siendo algo que lo tenía intranquilo. Muy lejos de sentirse preparado, una mezcla de ansias y miedo empezó a revolotearle como una mariposa en el estómago. Cuando tuvo el panorama frente a él, fijó un sendero con la mirada, caminó elegantemente de teja en teja y dio un salto para alcanzar la rama del árbol más cercano. Descendió por su tronco y llegó hasta la acera. Volvió a mirar hacia la ventana y vio la silueta de ella dibujándose a contraluz. Antes de continuar, soltó un breve ronroneo.

***

Ella estaba concentrada. Incluso cuando el ruido lejano de algunas máquinas era molesto y estresante, podía ignorarlo con facilidad. La habitación en la que se encontraba pertenecía al segundo piso de una casa muy antigua y su pequeña ventana no le ofrecía una vista panorámica de la ciudad, sin embargo, disfrutaba el paisaje urbano que tenía a su alcance. Sentada frente a su laptop y con una taza de café como su única compañía, de rato en rato giraba sobre sí misma para abrir la delgada cortina y mirar a través del vidrio. Su poco espacio visual la había acostumbrado a ver dos toritos de Pucará en el tejado del frente. Junto a ellos, cada noche, siempre veía a un gatito negro acurrucado en su compañía. Esta vez no fue así.

***

A esa hora, la calle estaba casi vacía y el ruido de las máquinas se detuvo tan súbitamente que dejó al mundo en un silencio absoluto. El minino caminaba alerta, observando todo a su alrededor. Varios metros a su derecha, una joven pareja se declaraba su amor con un largo abrazo. Al otro lado, un hombre mayor vestido de saco largo y sombrero, deambulaba con las manos en los bolsillos. Cuando vio que era seguro cruzar el frío asfalto, se lanzó con la mayor rapidez posible. Unos segundos después, sin previo aviso y desde las sombras, una bestia irrumpió en la tranquila escena.

Ladrando, un enorme perro corrió a toda velocidad hacia el pequeño animal.

La efímera tranquilidad de la calle se hizo pedazos en un instante y las pocas almas que existían cerca no pudieron evitar el susto provocado por tal escándalo. La pareja de jóvenes voltearon de golpe y el hombre mayor giró asustado para ver lo que ocurría. El gato, con el miedo atrincherándose en su cuerpo, salió del estado de shock y emprendió una carrera infernal en busca de un lugar donde pudiera estar a salvo.

***

Ella escuchó el ruido proveniente de afuera pero no le prestó atención. Sin inmutarse ni cortar su inspiración, siguió escribiendo tranquila.

***

El gato no sabía a dónde ir. Las altas paredes a su alrededor complicaban su huida, los delgados postes de luz no le ofrecían ningún refugio y ya había dejado el árbol demasiado atrás como para volver y treparlo. Mientras el can se acercaba con fiereza, vio entre los muros una reja metálica que se podía cruzar con facilidad. El problema era que tampoco representaría dificultad alguna para su perseguidor. Al no ver otra opción, tomó su única ruta de escape.

El perro estaba a dos metros de su presa cuando esta se ocultó en las sombras. Dentro de su incontrolable rabia, la siguió hasta atravesar una reja formada por varias varillas de metal y ahora solo tenía que avanzar un poco más. Usando su desarrollado sentido del olfato, se guio para encontrar al felino.

El gato se escabulló hasta donde sea que hubiese podido escapar. Sin mucho camino por recorrer, llegó a esconderse detrás del rosal ubicado en la esquina más profunda de un pequeño jardín. Ese jardín, protegido por la delgada reja de metal, era adyacente a una casa antigua que tenía una ventana grande en el primer piso y una de menor tamaño en el segundo. Parecía que nadie había vivido allí en años.

Inmóvil, el minino se refugió en la frondosidad que ese lugar le ofrecía. Durante su huida, notó que una de sus extremidades estaba lastimada. Entre las muchas espinas del rosal, alguna de ellas le había producido un corte que ahora se traducía en un ardor insoportable. Muy a pesar de ello, ese no era el momento de distraerse. Él sólo quería salir de ahí y buscar a su amada.

El perro, enfurecido con su víctima, olfateaba con rudeza y buscaba el mejor camino para atraparla. A modo de advertencia, lanzó una nueva y potente secuencia de ladridos. El golpe acústico puso nervioso al gato. “Ya me encontró”.

El felino exploró sus posibilidades. Pensó en saltar fuera del arbusto con la mínima posibilidad de que el perro no lo viera, cruzar la reja y huir. Rápidamente descartó esa idea por la distancia que tendría que recorrer y la cercanía de su cazador. Antes de poder pensar en otra solución, vio al can cerrándole cualquier tipo de salida.

El tiempo se agotaba y decidió que era momento de afrontar el problema, cara a cara. Sacó sus garras y las empezó a afilar sobre la tierra, preparándose para atacar. La herida que se había hecho se encontraba en su parte posterior, más precisamente, en la pata derecha, por lo que intuyó que el salto iba a ser doloroso. Cuando alistaba el impulso, una fuerte luz contrajo sus pupilas.

El perro, también sorprendido por el brillo, giró hacia la enorme ventana para ver lo que ocurría. No pasaron ni tres segundos hasta que, al costado, el sonido de una puerta abriéndose dio paso a una figura humana emergiendo de la casa. El fiero animal se sintió intimidado. De repente, un bastonazo de gran tamaño y considerable fuerza le cayó en la cabeza.

Aturdida, la bestia se dio media vuelta, quejándose del insoportable dolor. Con el temor fresco a un segundo golpe, dio un salto que cruzó la reja y huyó tan lejos como era posible.

***

“¡Otra vez ese perro de mierda, entrando a mi jardín sólo para cagar en mis rosas!” fue el grito de la anciana que acababa de golpear al colado perro callejero en el frontis de su casa. Mientras ella se quejaba, alguien más se acercaba a la puerta, como bajando unas escaleras.

Una bella joven llegó a la entrada. Al ver la escena, preguntó asustada: “¡Abuelita! ¿Qué pasó?”. La vieja mujer le explicó a su nieta el motivo de su exaltación y ella intentó tranquilizarla. Cuando se disponía a volver, notó que algo parecía moverse detrás del rosal. Con una curiosidad casi gatuna, se acercó con cautela hacia la pequeña sombra.

***

Al verla, el minino no podía creer que se encontraban tan cerca. Todos esos días esperando su silueta por la ventana se resumían a ese momento. Ahora estaba ahí, a pocos centímetros de ella.

Y ella era hermosa. Tenía la piel morena, el cabello oscuro y los ojos más brillantes que ningún hombre o felino hubieran visto jamás. Mirarla fijamente equivalía a un viaje de ida y vuelta por toda la galaxia sin haberse movido un solo milímetro. El gusto del gato por esa mujer superaba lo entendible.

***

Ella seguía esforzándose para ver lo que había detrás del rosal. La luz emanada por la ventana era de ayuda pero no lo suficiente. Cuando se apoyó en sus rodillas para observar mejor, un pequeño animal salió con timidez. No tardó mucho en darse cuenta de que se trataba del gato negro que vivía en el tejado del frente.

“¡Hola bebé! ¿Qué ocurre? ¿Acaso ese perro estaba persiguiéndote?”

El minino quedó totalmente embelesado con su voz. Con tierna suavidad, caminó hasta llegar a su lado e inclinó la cabeza como buscando una caricia. Ella extendió su mano. Apenas sintió el contacto, un sentimiento indescriptible embargó al felino que empezó a ronronear como nunca.

Al tomarlo en su regazo, ella advirtió que de la parte posterior del animalito brotaba algo húmedo. En ese instante vio la sangre. “¡Pobrecito! Vamos, buscaré algo para curar tu herida”. Dicho esto, se adentró en la casa con él en sus brazos.

Esa fue la última vez en la que el gato negro estuvo en su tejado, al lado de los toritos de Pucará.

Desde entonces, ellos siempre lo veían con su amada.

Siempre feliz. Siempre a contraluz. Siempre por la misma ventana.

L’intruso

–Entonces, ¿sabes quién es?
–Sí –respondió el corazón.
–¿Sabes su nombre, su edad, a qué se dedica y todo eso?
–Así es.
–¿Y qué es lo que sabes?
–Que tiene una banda, que es como un influencer o algo así.
–¿Cómo te enteraste?
–A veces ella es muy obvia.
–¿Y qué piensas al respecto?
–Me da celos.
–¿Qué más?
–Me estás presionando.
–Lo siento –dijo la razón mientras miraba desafiante, como alentando la tristeza.

–Me gustaría saber cómo así lo conoce.
–Dijo que es un amigo suyo desde hace varios años.
–¿Amigo?
–Así es.
–No parece.
–¿Y qué parece?
–Sabes bien lo que parece.
–Explícate.
–Es alguien especial para ella.
–¿Cómo sabes eso?
–Lo sé porque tú lo sabes.
–Puede que solo sea un amigo y ya.
–Pero no lo es.
–¿Entonces?
–Pienso que es alguien que no puede sacar de su vida.
–Tienes razón en algo, no en todo, pero en algo –la razón se inclinó hacia atrás, acomodándose con desdén.

–No me tortures, si sabes algo deberías decírmelo.
–Aunque te lo explicara, no lo entenderías.
–¿Por qué quieres hacerlo más complicado?
–No lo estoy complicando.
–¿Y prefieres que siga haciéndome ideas antes que aclarar las cosas?
–Prefiero que confíes en mí.
–¿Cómo hacerlo después de todo lo que vi?
–¿Exactamente qué fue lo que viste?
–Que aún le escribe, la busca y la extraña.
–¿Y tú crees que ella le haría caso?
–Espero que no, pero sé que es así.
–¿Por qué lo dices? –Los ojos de la razón dieron una señal de temor.
–Porque presiento que aún la ama.
–Eso no tiene nada que ver, no es importante.
–Sí lo es.
–Claro que no, él puede hacer lo que quiera sin ser correspondido.
–El problema es que ahí es donde nace mi duda.
–¿Y qué duda es esa?
–¿Qué tal si es lo que ella quiere? ¿Qué tal si es correspondido?
–Lo dudo mucho.
–Es difícil saberlo, aunque sé que tú sabes algo –corazón volvió a encender un cigarrillo.

Luego de un silencio incómodo, la razón tomó la palabra.

–¿Sobre qué es todo esto?
–Aún no estoy seguro.
–¿Y cómo pretendes demostrarlo?
–No quiero demostrarlo, solo quiero saberlo.
–¿Por qué?
–Porque ya no puedo amar sin sentir que me duele y tampoco puedo sentir el dolor sin amar.
No tienes ni la más mínima idea de lo difícil que es ser o no ser algo que se tambalea. Desde que ella se fue, ya no puedo dormir en mentiras ni despertar ileso con lo que arde la verdad.
–Entonces no lo hagas –ahora la razón se había volteado, como ignorando la tristeza.
–Prometo que ya no lo haré, pero antes quiero que me quites esta duda.
–¿Qué quieres que te diga?
–Todo lo que sepas sobre él.
–Está bien. Sé que estuvieron juntos, no sé hace cuánto. Sé que ella aún siente algo por él, no sé exactamente qué. Y sé que volverán, no sé por qué, pero así es.
–¿Y cómo sabías todo eso?
–Ella me lo dijo.
–¿Y por qué solo a ti?
–Porque, querido amigo, cada vez que ella aparece, solo la admiras sin escuchar.

El pase largo

No quise pensarlo mucho y me decidí por el pase largo que dibujó una hermosa parábola en el cielo de aquella tarde. En campo rival, Pedro tuvo cierta dificultad para controlarla pero su mágica zurda fungía de guante. La mantuvo así por algunos segundos hasta que le duplicaron la marca y se vio en la obligación de abrir el juego por el costado.

Chemita apareció como un rayo. Veloz para el desborde, pudo avanzar algunos metros cuando la figura de Hugo emergió como la de un coloso impasable. La disputa del esférico fue rápida e injusta. Sin pensarlo dos veces, ya estábamos volviendo para evitar el contraataque. Un cambio de banda letal y Sergio la tenía en su poder.

Su capacidad de disparo, fuertísimo, soltó el latigazo apenas tuvo el espacio libre. Pedro había vuelto de nuestra ofensiva fallida e hizo un esfuerzo sobrehumano para desviar la trayectoria con un planchazo. Muy a pesar de haber conseguido su intención, el balón seguía en ruta directa a nuestra portería.

Martín no es alguien acostumbrado a pararse bajo los tres palos y aquel día le tocaba estar ahí contra su voluntad. Sus reflejos, mermados por la sorpresa del remate, lo llevaron a estirar un manotazo temeroso que llegó a rozar el misil con la punta de sus dedos. Ayudados por la fortuna, escuchamos ese sonido metálico que te devuelve el alma al cuerpo y los pies en la cancha.

Ahora era una dividida. Intenté llegar antes pero Galileo se encontraba mejor posicionado y se la llevó varios centímetros por delante. Si lograba volver al área y conectar al medio, todo estaba perdido.

Fui a cubrirlo con cierta desesperación para poner fin a su ataque. Él, astuto, quiso filtrarla entre mis piernas. En circunstancias así, es arriesgado juntarlas mucho porque se concede el espacio para un pase. Tampoco hay que separarlas a lo loco porque uno queda expuesto a la humillación. La solución es ser paciente pero sin calma, cerrando los espacios, jodiendo el control y siendo consciente de que dependes de la picardía del rival. Fue así que escuché a Jair pidiendo el toque. Galileo no lo dudó ni por un segundo y se la dejó a su compañero.

La espontaneidad del fútbol podrá resolver muchas cosas, sin embargo, la decisión prematura puede ser la mejor arma en situaciones de riesgo.

Jair es un regatero nato. En ese momento, tenía mil opciones de cara a mí. Irse de largo, pisarla, retroceder el juego, izquierda, derecha, arriba, remate… o mandarla bombeada para Sergio. Felizmente escogió la última, porque yo me la había jugado para cerrar exactamente esa.

Brazos atrás, cuerpo inclinado y pierna izquierda extendida. La fuerza impresa en su centro impactó de lleno en el interior de mi pie. El balón, en lugar de ir afuera, se fue hacia adelante.

Paradójicamente, ese despeje salió mejor que el pase al principio de este relato. Sobre nuestras cabezas, la bocha daba mil vueltas y todos la veíamos hipnotizados. Cuando empezó a descender, nos dimos cuenta de que el contexto era favorable. Su arquero, Elí, había salido más de lo necesario y teníamos a un hombre listo para el remate. Era nuestro turno.

Pedro no lo dudo y fue a ganarla. Hugo buscó cerrarlo pero ni el adivino más astuto pudo haber visto lo que pasaría. Pedro fintó y ambos pasaron de largo. Chema la recibió cómodo, por el medio, con un amplio panorama frente a él. Los pases sin tocarla son, de lejos, los recursos más bellos en este deporte.

Elí no tuvo otra opción más que salir y cubrir todo el espacio posible. Era el uno contra uno. Chema intentó llevárselo en diagonal pero su control fue excesivamente ancho. La palla se le iba directo al lateral cuando vi que Martin había empezado una carrera endemoniada para acompañar la ofensiva. Ahora corría para mantenerla viva.

Justo en el borde, desafiando a los límites de nuestro mundo, nació un nuevo envío con destino de área. La rapidez del suceso fue como un espejismo y lo vimos de inmediato. Su trayectoria era abierta y horrible. No tenía destino de nada. Sé que en ese instante nos sentimos resignados. Los hombros y las ilusiones cayeron de par en par.

De la nada, como el héroe nacido en fuera de juego, apareció Ronald, nuestro nueve que se había quedado en el área rival durante toda la jugada. Fiel a su costumbre lauchera, llegó a la caprichosa y la contuvo antes de que fuera demasiado tarde. La remató en su media vuelta, sin siquiera ver a donde la mandaba. Felizmente, directo al arco. Era gol.

Por fin lo habíamos conseguido. El descuento. Ahora estábamos 5 a 1.

Sin sentido 5

Ya no sé cómo empezar este tipo de textos. Si le pongo un preámbulo, dejo poco espacio para la experiencia que quiero contar. Y si empiezo por la experiencia, siento el vacío de no ponerle un preámbulo. De todas formas, aquí va.

Para ser honesto, hay algunas personas que ya conocen esta historia aunque dudo que la recuerden como tal. Sucede que he estado teniendo una serie de pesadillas como esas que te despiertan de golpe, con la sensación de caída en los pies y un escalofrío recorriéndote la espalda. Todas ellas han ocurrido en la misma situación, pero parece ser que, esta, fue la última vez.

Cada noche que pasé por esta repetitiva aventura, fui acosado por un ente espantosamente alto, vestido de gala y con un sombrero que le cubría gran parte del rostro. Esta persecución ocurría por toda la ciudad sin darme ninguna clase de tregua. Todas las veces, sentía una incontrolable necesidad de huir, motivada por el pánico y un presentimiento horrible en el pecho, como adivinando lo que pasaría si me llegaba a alcanzar.

Estos sucesos oníricos hubieran sido algo normal si no fuera por el hecho de que se complicaban cuando llegaba al punto en el que planeaba una ruta de escape. Cada esquina y cada vuelta se movían a su antojo, cambiándome la realidad cuadra por cuadra. Si salía de San Francisco hacia Marqués, aparecía en Pampa del Castillo. Si corría por Maruri buscando una salida, llegaba a Paseo de los Héroes. Si intentaba bajar a la avenida Sol, terminaba tropezando por la cuesta de San Blas.

Escapar con ese desafío encima era muy frustrante así que aprendí a dominarlo y terminar siempre a salvo. Al despertar, me encontraba lejos de mi cazador y seguro de cualquier cosa que me pudiera hacer. Sin embargo, en esta ocasión no fue así.

Dentro de nuestra rutina grabada en la memoria, él me siguió dentro de una casona antigua en la que no había estado nunca. Decidí subir al último piso y esconderme hasta el final del sueño. Lamentablemente, aquella noche, mi curiosidad pudo más que mi instinto de supervivencia.

Me aseguré de que me viera y fui directo a un juego de escaleras en caracol pegadas a la pared del fondo. Caminé por ellas con una paciencia infernal, lenta y despreocupada. Grave error. Él, muy astuto, las escaló por fuera para darme en alcance. Una vez ahí, detuvo mi paso con su brazo exageradamente largo y me tomó de los hombros con una fuerza increíble. Traté de zafar y seguir huyendo, pero no pude. Sus cavidades orbitarias estaban vacías y su mirada muerta se clavaba en mis ojos como un par de tachuelas oxidadas. Tenía la mandíbula partida, sangre seca en la ropa y un hedor putrefacto muy difícil de soportar. Se acercó a mí, balbuceando una amenaza mientras el terror me consumía por dentro. Cuando lo tuve a centímetros de mi rostro, desperté.

No fue un alivio y mucho menos algo tranquilizador.

Ahora, cada vez que duermo, siento el dolor de que aún me tiene en sus manos y de que aún sigue ahí, matándome.

Mi funeral

Parado ahí, ante ese féretro desconocido, no pude evitar tener las reflexiones más crueles y crudas que no deberían ser normales a esta edad. Los asistentes, que se acercaban para dar su último adiós, no parecían mostrar el mínimo sentimiento de tristeza por quien yacía en el ataúd. Solo los más cercanos eran quienes derramaban las lágrimas más reales, los suspiros más dolorosos y los abrazos más sinceros a la par que se auto-convencían de que el difunto por fin descansaba en paz. Mi hipocresía no alcanza para eso.

En tanto un niño se acercó a ofrecerme una bebida caliente sobre una charola de plata, decidí que ese no iba a ser mi destino. Frente a la inevitabilidad del suceso, imaginé un desenlace diferente para mis días. Nada de extraños, nada de terceros, nada de inoportunos que aparezcan a fin de pillarse un vaso de ponche mientras visiten a un cadáver con el que nunca cruzaron temas de interés ni se invitaron un miserable cigarro en una madrugada llena de risas.

Me fui sin despedirme, con la epifanía aún fresca, directo a escribir la lista negra para mi velorio. Empecé con algunos nombres de la época escolar, entre profesores y ex-compañeros, la mayoría sin apellidos. Luego, entré al terreno de los amores pasados o que no llegaron a ser. Exactamente ahí, detuve el lapicero para ahorrar tinta, cayendo en cuenta de que la susodicha ya ocupaba dos hojas y una cara. Parecía el registro de una boda.

Entonces pensé en simplificar. La condensación de filas me llevó a agruparlas por características comunes y diferentes etapas de mi vida. Presa de un arrebato peculiar, comencé a desconsiderar a mis mejores amigos con una increíble indiferencia. No me sentí a gusto dejando fuera a tanta gente, pero cualquier excusa era válida: su timbre de voz es irritante, alguna vez me hizo esperar, no congeniamos en el gusto musical, me aburre su presencia, etcétera. En cierto punto, con criterios ridículos y poco fiables, manejé mi tarea con el objetivo de que fuese un asunto exclusivamente familiar.

Finalmente, pude notar que había perdido todo sentido de lógica cuando ya estaba descartando a mi propia sangre. Parientes lejanos, tíos a los que no veía jamás, primos que confundía con sobrinos y viceversa. Aletargado, caí en un estado paranoico con la idea de que no merecía una despedida como tal. Quería algo más simple, algo sin invitados que no me recuerden y puros forasteros enterrándome porque simplemente es su trabajo. Ningún alma que me pueda juzgar.

El hecho de tener una ceremonia tan privada me fascinaba, pero la pregunta obvia saltó un segundo antes que la emoción. ¿Cómo hacer para que nadie quiera asistir? Hasta ese momento, había tenido una existencia normal dentro de los parámetros exigidos por esta sociedad: un casi graduado, sin antecedentes penales, que se hacía cortar el cabello y que a veces vestía formal. No me tomó más de cinco minutos decidir que podía echar esa rutina a la basura con tal de cumplir mi nuevo objetivo. Era tiempo de un cambio y ya lo tenía resuelto.

Durante las semanas siguientes me dediqué a un comportamiento repulsivo con la única finalidad de hacerme odiar. Me olvidé de los modales y de las cortesías vacías, adopté un vocabulario mucho más grosero y conduje mis deseos a la promiscuidad. Estas nuevas costumbres, auspiciadas por el exceso de alcohol y abuso de drogas, fueron empeorando hasta derivar en serios problemas con mi entorno, discusiones que terminaron en peleas y, al fin y al cabo, la tan ansiada soledad. Estaba listo.

Antes de recuperar algún ápice de aprecio y preocupación por parte de cualquiera, me las arreglé para conseguir una pistola y cometer mi delito. Como otrora fuera mi hábito de no fumar, la locura de ser fiel a mis principios me llevó a reconsiderar mi decisión. No la de mi muerte, esa ya estaba pactada conmigo mismo, sino la de una explicación, aunque esta sea banal. Así, sin dar muchas vuelta al asunto, escribí la nota de suicidio más ambigua de la historia:

“Te vi venir, cansado de ti y agobiado por lo que fue un asunto de suma importancia. Estabas demacrado, con un pesar muy denso y la pena más latente que se puede expresar, pero estabas. La sensación que te forzaba a continuar también te arrastraba, devorando tu inocencia y escupiéndotela en la cara. Lo noté en tu mirada fría, reflejando el temor al silencio inerte que solo puede conseguirse en la tumba. No sé si fue tu hambre de respuestas inmediatas o tu exagerada manía de libertad, pero encaraste a la inmundicia del ser y perdiste. Si no sabes que hay después, ¿para qué dudar?

Allá tú. Al final, todo pasa exactamente como menos te lo esperas.”

Intenté releerla pero las voces en mi cabeza me decían que ya era hora. Cargué el arma, puse el cañón en mi sien, cerré los ojos con fuerza y jalé del gatillo sin saber qué esperar.

Y sin embargo, ahí estaban. Docenas de personas en mi funeral.

Sin sentido 4

Te vi dormitando en una posición incómoda así que me tomé la libertad de rascar tu cabeza y apoyar la mía en tu regazo. Llevabas un aire de no haber dormido tu siesta post-almuerzo, como una resaca de ron y cerveza a media tarde. Empecé a jugar con mi boca en tu cintura hasta que vi tus ojos medio abiertos medio cerrados. Te quedaste callada y entendí que llevabas un buen rato observándome.

–Me recuerdas mucho a María Magdalena.
–¿María Magdalena? ¿La prostituta?
–No lo tomes a mal, pero sí, la prostituta.
–¿A qué viene todo esto?
–Es difícil de explicar…
–Entonces haz tu mejor esfuerzo.

Fue así como terminamos discutiendo para reconciliarnos con la fantasía más erótica, sensual y pervertida posible. Es raro encontrarse con una piel que conocías tanto y que se ha ido para siempre. Pero, más cruel aun, es despertar y caer en cuenta de que solo era un sueño.

Volví a cerrar mis párpados con toda la intención de reanudar lo que estaba ocurriendo a pesar de ser algo que se consigue una de cada millón de veces. Y lo logré. Para mi fortuna, seguíamos en el sofá, desnudos, con el alma descubierta y las piernas enredadas como luces de navidad.

–A veces pienso en lo difícil que fue dejarte.
–Pero si fue lo más fácil que hiciste en tu vida.
–Créeme que no.
–¿Por qué no?
–Porque si hubiera sido fácil, no lo habría hecho jamás.

Nos miramos fijamente y comenzamos de nuevo. Más allá de lo que puedan decir los sexpertos, el amor no tiene mejor juego previo que el romance oculto entre líneas que solo los amantes pueden darse.

Y nuevamente desperté, susurrando maldiciones por no estar así, contigo.

Ya pasé muchas veces por esta situación y lo dolorosamente irreal que es. A veces, el corazón acierta y la razón se equivoca. No es común, pero sucede. No es lógico, pero muy probable.  No es fácil de aceptarlo, pero así es.

Error de cálculo

Decidí caminar detrás de ti y seguir el sendero imaginario dibujado por la suave silueta de tu sombra que a esas horas de la tarde ya no reflejaba tu estatura real. A pesar de tener un horario bastante ajustado, fue el instinto de la atracción lo que me llevó a hacerlo. Estaba fascinado por el movimiento de tu cabello y la manera en la que tu holgada chompa confabulaba con tu figura para crear una ilusión muy atractiva a la vista.

Sea lo que fuese, no planeaba cambiar esa ruta por un buen rato. Tu forma de andar era tan elegante que parecías flotar al ritmo del viento, frágil y maleable por la más mínima influencia sobre tu ser. Cualquier persona que me estuviera observando, posiblemente, habría deducido que mis intenciones no eran buenas. Para mi suerte, tu falta de interés sobre tu entorno y los audífonos blancos que llevabas puestos ayudaron a que no te des cuenta de mi existencia sobre todo cuando ya había pasado una considerable cantidad de tiempo y yo seguía tras tus pasos.

Para mí, eras todo un misterio. Tu nombre, tu edad, tus gustos, tu aroma, todo. Pude ver el perfil de tu rostro un par de veces cuando el instinto te hacía girar la cabeza para alejar los cabellos rebeldes que invadían tu visión de cuando en cuando pero volvías a mirar adelante porque no podías perder de vista el camino que traías encima. Ya habíamos completado un trayecto promedio entre Santa Úrsula y Magisterio convertido en un paseo entretenido y obligatorio para mi duda.

Se me ocurrió poner en medio algún tema de conversación o una excusa, por más banal que fuera, para iniciar una charla. Nunca antes había hecho algo así pero vaya si valía la pena intentarlo. Noté que la longitud del espacio que nos separaba se había reducido, era algo lógico considerando que durante mi fantasía aceleré mi caminar. La idea de conocerte revoloteaba en mi cabeza como un pavo real dentro de una jaula pequeña. Repentinamente, el temor que fluía con la timidez empezó a acechar. Era dañino, tóxico y me planteó dudas. Intenté rechazarlo pero volvía a insistir con más fuerza. Jodía y no dejaba pensar con claridad.

Antes de decidirlo ya tenía todo planeado. Igualaría tu ritmo y soltaría palabras al azar en voz baja, luego, te quitarías la música de los oídos para preguntarme que fue lo que había dicho y entonces dejaríamos que todo fluya. Seguiría tu corriente contestando tus preguntas con más preguntas, jugaría con tus reacciones y mediría tu comodidad conforme lo nuestro avanzaba. De salir todo bien, aparcaríamos en un café cercano o con un cigarrillo en alguna plazoleta donde los ciclos nacen y terminan. Creo que estaba listo.

Aceleré y ya casi te había alcanzado mientras preparaba mi boca para tartamudear cuando pasó lo que tenía que pasar. El recuerdo de lo ocurrido aún me golpea el estómago y deja un vacío incómodo en mis entrañas. Un sujeto alto con el cabello corto y ropa de skater te abordó en cuestión de segundos. Al instante, tú le diste un abrazo y te quedaste prendada al increíble exceso de colonia jamaiquina que arrastraba desde hace varias cuadras. Fue lo que dijiste a continuación lo que terminó de matar a mis emociones sobrevaloradas. “Hola mi amor”. Sin rodeos ni bromas, simplemente el hecho, tan doloroso, que me dejo en claro tú indisponibilidad.

Mi inútil habilidad de ilusionarme en exceso me había traicionado despiadadamente y sin medir sus consecuencias. Los rebasé con prisa y me escondí en la primera grieta que pude encontrar. Evité sentirme mal hasta ponerme en orden y entender que fue más culpa tuya que mía. Después de sacudir los pensamientos inocentes, llegué a la conclusión que todo esto había sido un simple error de cálculo, un número fuera de lugar que no supe fraccionar y malogró toda la página. Después de todo, nunca fui bueno en matemáticas.

Cerdos

Cerdos, todos son unos cerdos, asquerosos y repugnantes. Entes lujuriosos que caminan y se empujan por estrechos pasillos mientras desvisten con la mente y manosean con la mirada. Sus billeteras arden por el deseo de un cuerpo perfecto. Van por ahí, totalmente ardidos, buscando a la muchacha con el rostro más dulce y la carne más fresca. Sin duda ni remordimiento, se abalanzan a cada puerta entreabierta donde se filtre esa tenue luz roja que indique disponibilidad.

Al otro lado de esas puertas, donde ya no llega la inocencia, se encuentran ellas. Tan impuras. Tan frías. Tan anónimas. Se venden exponiendo el cuerpo, seduciendo a los incautos y atrapando a cada par de ojos pervertidos con el simple encanto de la piel. A veces sonríen, a veces mastican un chicle y a veces calan un cigarrillo. Intentan provocar apelando al instinto más primitivo de los cerdos que las observan.

Ellos, embelesados, van cayendo uno por uno. Se dejan dominar por cualquier pretexto. Son de metal y su imán es la figura, la belleza, el aroma. Gustosos y depravados, aceptan la invitación en la manera más infame posible. Mientras más rica, mejor.

No lo verás. No lo escucharás. No sabrás lo que ocurre ahí aunque lo sepas a la perfección. El trato se cierra y se ejecuta al instante. Los cerdos gozan, se divierten, calman sus ganas carnales y desfogan sus roñosas fantasías en las pobres muchachas mientras que ellas… bueno, a los cerdos no les interesan, al fin y al cabo solo son putas. Su respetable oficio consiste en eso: un penoso acuerdo de mutua complicidad y ninguna cláusula de privacidad.

Cuando termina el juego, es momento de irse. Los cerdos salen satisfechos y complacidos, sintiéndose ganadores, alardeando su inmunda autoestima frente a sus igualmente inmundos colegas. Sonríen con hipocresía, jactándose de una proeza irreal, siempre con la frente en alto y mugre en la consciencia.

Ahora toca descansar el miembro porque una sola vez no basta. Piden una cerveza y se sientan a esperar el cambio de turno. Ya saben de memoria quien remplaza a quien y quien será su siguiente puerta. Obviamente, estarán encantados de volverlas a ver.

Pero ellas, no.

Abandonado

Desperté agonizando por el frío y mi madre aún no había regresado. Desde ese ángulo, la caja vacía era un inmenso campo en el que alguna vez me soñé persiguiendo a esas aves grises que me visitaban cada mañana. Al levantar mi cabeza, volví a la realidad.

El cielo seguía tan oscuro como cuando apenas anochece. Algunos carros pasaban a una velocidad exagerada y acompañados de un ruido infernal al que tuve que acostumbrarme a la fuerza. El olor nauseabundo de la basura ya empezaba a sentirse en toda la avenida Ejército y las luces titilaban con hambre. O probablemente era yo, ya no estoy tan seguro.

Ya son varios días desde que la amable señora del sombrero blanco me trajo aquí por última vez. Ella siempre dejaba algo de comida para mí y mis hermanos, nos cargaba con suavidad y luego se sentaba durante horas a nuestro lado mientras conversaba con las cabezas que se asomaban para vernos. Eran muy pocas las veces en las que ellas se quedaban ahí y era más raro aun cuando decidían llevarse a uno de nosotros. Fue así como todos se fueron yendo, uno por uno, cada cierto tiempo. Y un día me quedé solo. Nunca nadie vino por mí.

Mi madre dijo que tenía que ir un poco más lejos para encontrar algo decente que comer. Hasta ahora no la he vuelto a ver. Supongo que sigue buscando. Mi colita está pendiente a su llegada.

Las horas quietas son demasiado largas para un cachorro como yo. No necesito una cama cómoda y mucho menos algo lujoso. Debes saber que me siento completo con el sonido de tu voz prestándome atención y alguna caricia ocasional hasta el cansancio. Sé que nunca podré compensarte con algo de valor, así que solo puedo ofrecerte mi lealtad completa y cariño incondicional. Te lo juro por la patita.

Bueno, tal parece que nadie vendrá. Mi garganta está muy seca por la falta de agua y ya no tengo muchas ganas de jugar. Me hubiera gustado conocer un poco más del mundo, caminar por esas calles que siempre tuvieron un olor peculiar y jugar con los otros perros que ladran en el otro lado de la acera. Ya no soporto el peso de mis pestañas, así que dormiré otra siesta mordisqueando la idea de que alguien me llevará a su hogar.

No lo sé.

No me gusta pensar que la vida de un callejero no vale lo suficiente como para no ser rescatada.

Crítica

Había sido una mañana durísima. Entre mi sueño interrumpido y un café frío, las ganas de vivir se me estaban agotando en una rutina devastadora. Hace tiempo que no encontraba la paz mental necesaria para afrontar mi situación, mis problemas, ni mi vida.

Algunas semanas atrás, recibí una carta que no me daba la reverenda gana de leer, así que la tenía por ahí, llenándose de polvo entre documentos inútiles. Cuando me tocó revisar ese montón de árboles muertos, la carta resbaló como rogándome por recibir atención. Pensé que si alguien se había tomado la molestia de dirigirse a mí, sería muy descortés hacerlo esperar un poco más.

Abrí el sobre con indiferencia y noté que no tenía remitente. No le presté mucha importancia ni cuidado hasta que empecé a leer su maldito contenido. Al hacerlo, mi garganta se anudó.

“Estamos todos jodidos, Pareja. Ayer venía en el bus y no sabes la congestión de la evitamiento con Hilario Mendivil hermano, peor que Lima con el cristo morado, te lo juro; pero qué se hace.

Hoy me entregan la sentencia en el juzgado, Parejita. Parece bueno mi abogado pero era mejor el Alatrista dicen, solo que ese pata cobra un huevo y es tirar la plata como si sobráse, además, ni siquiera es él quien está en las audiencias dicen, está huevón.

Y ya sabes, que si todo sale bien, nos vamos por las respectivas chelas con el «boga» en su oficina por Pampa del Castillo.

Estamos jodidos, wayki. No pude llamarte, 12 años. Pero como alguien dijo hace mucho tiempo; en el Perú, solo hay dos tipos de problemas: los que nunca se resuelven, y los que se resuelven solos, Parejita.” (*)

Luego de hacer algunas llamadas a un entorno no tan cercano, me enteré que un querido amigo mío había caído en una grieta del sistema por supuesta apología al terrorismo. Él era una de esas personas que no podía callar su voz. Me contaron que había asistido a una de esas tantas movilizaciones contra la corrupción y su error había sido usar una pañoleta roja para evitar ser reconocido. La policía no fue amable, mucho menos el juez a cargo. Indagando más y más, descubrí que le habían dado tres años de pena, pero, durante su primera semana allí, un matón que había perdido a su familia en el Ayacucho de los años ochenta, asesinó a mi amigo en su propia celda.

No pude cargar ni un minuto más con el peso de su ausencia. Rompí en llanto por la memoria de quien fuera mi mejor compañía de la infancia, pubertad y parte de mi adolescencia. Empecé a maldecir el momento en que nos distanciamos. Ahora él ya no estaba y solo había un responsable.

Y que más se puede esperar de un sistema judicial de mierda si todos están ahí para tapar su porquería. Y que nos quieren meter la rata con eso de la falta de pruebas corroboradas. Y que no nos damos cuenta mientras ellos ya están en España. Y que te vas al carajo si no tienes vara porque aquí parece que te encierran al azar aun con una buena defensa. En el Perú no importa que seas inocente, importa que tengas plata.

Visité la tumba de mi parejita un miércoles lluvioso de esos en los que las almas condenadas no salen a penar. Al salir del cementerio, sentí nausea y asco por varias cosas. Por mí, por no haber abierto esa carta antes y por no haber conversado con él cuando aún podía. Por su proceso, su juez y su sentencia. Pero sobre todo, por esa pútrida razón por la que muchas personas tienen que rogar de rodillas, casi humillándose, ante esa ciega hija de puta comprada a la que llaman justicia.

(*) Carta escrita por Pedro Javier Sedano Béjar.

Sin sentido 3

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que te vi sobre mi almohada. No puedo negar la emoción y tampoco quiero evitar la pereza que esto implica. El hecho de que sigas bailando en mi psique me produce una marea de sentimientos encontrados muy difícil de navegar. Entre recuerdos y ojalás, ya no existen diferencias.

Siento que he perdido mucha lógica en este sentido. Los inmuebles comenzaron a cambiar de lugar a cada momento y las manecillas del reloj ya no corren en círculos. La otra noche había un nido de arañas gigantes que dormían en mi cuarto y unas horas después vi a un avión estrellarse con los restos de otro. A veces soy perseguido en un laberinto de calles alteradas y otras veces me dejo atrapar a propósito.

Descansar en paz es una tarea pendiente. Las noches en vela se han convertido en mis favoritas porque me ahorran los sucesos morbosos, encriptados e incoherentes. La mente traiciona cuando el corazón es inseguro. Mis efectos ya no traen consecuencias y mis consecuencias son el motivo para no despertar a tu lado. Debe tratarse de algún tema de confianza o, caso contrario, de un terrible augurio.

El miedo se ha convertido en un cigarrillo diario antes de ir a dormir. No estoy seguro, pero creo que ya debería pensar seriamente en dejar de fumar.

En fin. Anoche soñé que me encontraba con un cadáver aún enfermo en la bañera. Lo sé porque seguía mostrando síntomas de estar muriendo a pesar de estar más frío que un corazón huraño. No lo reconocí y ni me importaba quién era pero sentía una fuerte obligación de ayudar. Estaba decapitado y llevaba un traje de noche, de esos que usa uno en su propio funeral.

Ya no quiero recaer en ese juego de ser nefastamente sorprendido en mi propia cama. Ya no quiero sentir el pavor que te inunda el pecho cuando despiertas de golpe. Ya no quiero sospechar del significado de lo que no tiene relevancia. Solo me queda esperar piedad de mi inclemente locura o alguna pequeña muestra de empatía que jamás llegará.

Lo siento. Cuando evito escribir, solo me queda divagar.

Calle Plateros, 5:42 a.m.

La noche anterior salí por un Inkaria. Nada más.

Que mentira tan grande para un hígado tan gastado.

Desperté de mi leve inconsciencia y me encontré caminando en aquella demacrada calle que ya ha visto suficiente. Recuerdo que se me hizo muy difícil contener la avalancha de maldiciones que querían salir de mi boca. El extenuante frío me encogía los pulmones y la borrachera estaba a punto de abandonarme a mi suerte. Era una amante que cobraba por horas. Para empeorarlo todo, ya no había alcohol.

Los postes de luz estaban a punto de cumplir su horario de trabajo. Poco a poco, Plateros se fue convirtiendo en un antro sin música para clientes sin efectivo. Los jóvenes intoxicados deambulaban de vereda en vereda, haciéndose antojar por la interminable fila de taxis que adornaba todo el largo de la vía. Vi, entre ellos, un patrullero que se encontraba en un bucle de interminables rondas nocturnas.

El humo del tabaco ya no entraba igual, se volvía rasposo y dejaba de ser amable con mi garganta, como si se negara a ser inhalado. Hace rato que los vasos habían perdido su forma y noté que mi vista se tornaba nublosa. La luz del día comenzó a ser molestia. No estaba seguro si acababa de salir de un hueco o si el amanecer había ocurrido demasiado rápido.

Cuando mi visión pudo acomodarse al agotante brillo, vi un par de figuras humanas que caminaban con torpeza. Dos chicos con las casacas a medio poner me decían que la noche se les había escapado de las manos. Pasaron al lado de una señorita que iba en sentido contrario y sus ojos quedaron clavados en la singular belleza de la minifalda que ella modelaba. Los instintos son veloces cuando se trata de lujuria. Me atrapó a mí también.

Unos cuantos pasos más allá, la chica en minifalda se encontró con un amante insípido. Ella se acercó para un beso en la boca pero él le volteó la cara. La escena se convirtió, al instante, en la típica pelea de pareja. Los celos saltaron sin tener piedad de nadie. Ella le reclamaba asuntos privados, luego, le exigía privacidad. Él, inseguro, se dio media vuelta y caminó sin volver a voltear. Tal parece que el amor siempre estará destinado a morir en fines de semana.

De repente, mi amigo se acercó con una pésima noticia: “Ya no están vendiendo nada”.
“¿Ni siquiera Sin comentarios?”.
“Nada”.
“Bueno, al diablo”. Fuimos a mi casa, tenía media botella de pisco escondida en algún lado.

Me despedí de la calle Plateros hasta una nueva ocasión.

En el sinuoso terreno del “no vuelvo a tomar” ya no quedan espacios disponibles, así que será una promesa. Además, hay algo sobre ese lugar que siempre me ayuda a curar cabeza.

Sin sentido 2

Anoche imaginé como sería dormir sin soñar. Tuve miedo. Me sentí atrapado en un área rural desolada por almas en pena que desembocaban en rituales absurdos para volver a nacer, colapsaban entre ellas y se traducían en polvo.

La noche siempre se ha prestado para este tipo de tonterías. Ocurre que, cuando el frío es el mejor compañero durante largas horas de pseudo-insomnio, el café cargado se diluye a cada sorbo y los sonidos raros son como lluvia cayendo sobre calamina. Y cuando el cansancio no se cansa de molestar, se debe ceder.

El sentimiento previo a quedarme dormido fue extremadamente molesto, casi escamoso, como un papel de lija raspando mis pensamientos mientras cerraba los ojos.

Lo que sucedió después fue más extraño que una película sin guion. Tuve uno de esos sueños que se pueden manejar pero te conducen directamente a la tragedia. No quiero ahondar en detalles vacíos, así que lo resumiré en pocas palabras: ella, él, un beso francés y mi maldita paranoia respaldada por mi impertinente imaginación. Las baladas más tristes sonaron como devastadoras canciones de cuna, el sol no podía calentar mis huesos y mi corazón estaba muriendo con una asombrosa lentitud. Que crueldad tan grande para conmigo mismo.

Desperté con la madrugada aun encima y sin un miserable antiséptico para el alma. En ese momento, me sentí muy incómodo con mi propia almohada y ansioso por esa certeza que todos quisieran poseer. Tenía la cabeza revuelta y una leve sensación de náusea que se me antojaba incontrolable.

Intenté dormir de nuevo, pero el temor se apoderó tanto de mis párpados, que nunca más los pude volver a cerrar. Ay amor, no puedo curarte de una gripe que yo no te he contagiado.

No podemos seguir así

“¡No podemos seguir así, tenemos que verla!”, gritó el corazón mientras se lamentaba amargamente. Estaba sosteniendo un vaso de whisky casi vacío en una mano y un cigarro recién encendido en la otra. Se encontraba recostado en el sofá, recubierto por una sábana delgada y recordando al amor.

“No podemos verla. No vamos a verla. Solo vamos a esperar”, respondió la razón con una serenidad desesperante. Él estaba sentado en una silla, dándole la espalda a su compañero y con los ojos clavados en un libro, uno de esos antiguos, de los que la poesía se había encargado de matar.

“No entiendo cómo ya no puedes amarla, si tú eras quien siempre estuvo detrás de ella. Si no es ahora, ¿cuándo? Si no es aquí, ¿dónde? Si no es ella, ¿quién? No me vengas con eso de esperar, que tú bien sabes que eso jamás nos ha servido, es más, eso nos ha terminado de joder cada maldita vez. Pero no ahora, no aquí, no con ella”. Corazón se levantó con dificultad y buscó alguna botella que aún tuviera contenido. Cuando la encontró, se lo terminó de servir con torpeza, llevó el vaso a la altura de su demacrado rostro y bebió el enésimo sorbo de la noche.

“Debemos esperar y punto, no seas terco. Ya estás demasiado ebrio como para seguir despierto, mejor apágate un rato y déjame manejar esto a mí”. Razón se levantó cerrando el libro entre sus manos. Luego, giró sobre su cuerpo para mirar a su compañero que ya estaba nuevamente tendido en el sofá con el licor a la mitad y el cigarro consumido.

Corazón se levantó nuevamente, acabó hasta la última gota del vaso que tenía en su mano, lanzó el cigarro al costado y encaró a la razón. “¿Manejarlo tú? Por favor, si tú no sabes nada de estas cosas. Tú eres el cuerdo, el que debe actuar con calma y serenidad, pero cuando la locura es necesaria, debo entrar yo, el avezado, el que corre los riesgos y al que siempre lastiman. Tú eres el que debería apagarse hoy, porque si ella no responde, no sabrás como lidiar con eso”.

“Tal vez estés en lo cierto, pero nunca más que yo. Nos conozco y sé que lo único que haremos ahora será adivinar lo que sea que pueda pasar aun sabiendo que siempre estaremos equivocados. Después de todo, esa es la causa de tu miedo: la incertidumbre.” La razón se quedó mirando fijamente al corazón que empezaba a quebrarse de nuevo y los ojos se le inundaban de lágrimas.

“¿Cómo es posible llegar a este extremo de sentimentalismo? Nunca nos preparamos para esto ni imaginamos que algo así podría llegar a pasar. Me arriesgué impulsado por ti y tus consejos. Ahora eres tú el que debería sacarnos de esto pero parece que no te interesa. Dime, ¿Por qué quieres seguir esperando, sin buscarla ni hacer nada?” dijo el corazón, mientras se secaba los ojos como podía y pedía compasión con la mirada.

La razón agachó la cabeza, dio un largo suspiro y abrió el libro que tenía entre las manos, justamente en la página que estaba viendo. Entre las hojas, había una foto de ella. “Porque, al igual que tú, tampoco quiero que esto termine. Aún la amo y no quiero olvidarla”.

Cuando la vi

El cielo estaba nublado durante aquella lejana tarde de abril. Las nubes eran grises, pero con suavidad, como si sobre nuestras vidas hubiera un gigantesco lienzo pintado por alguien sin imaginación. Un viento gélido recorría la ciudad, encargándose de congelar narices y chalinas.

Ella había sacado a pasear su belleza. Caminaba sin preocupaciones y distraída. Tenía la mirada perdida y la mente lejana a tal punto que ni el adivino más astuto hubiera podido imaginar en que estaba pensando. Sus pies marcaban el ritmo de una canción que, hasta el día de hoy, la tengo en la punta de la lengua. Andaba simple, sin prisa.

Llevaba una casaca de cuero, un polo morado y uno de esos aretes de los que cuelga una pluma. Su cabello era largo, ondulado, hacia atrás y totalmente hipnótico. Sus ojos… sus ojos eran como dos tazones de madera llenos de agua, hielo y azúcar en polvo. Era un encanto, un deleite a la vista de cualquier perfeccionista. Su aroma era increíble, o mejor dicho, inolvidable. Una mezcla de rosas y las páginas de un libro nuevo era la combinación fatal para encantar a cualquiera que la hubiera visto por primera vez en su vida.

Entonces ocurrió, la vi por primera vez en mi vida.

Allí mismo, pasó por mi lado y yo quedé atrapado por el aura que ella emanaba. Automáticamente perdí el rumbo. Mis luces direccionales comenzaron a fallar y mi camino quedó sin destino. Aunque fue una cuestión de segundos, quedé sumergido en su belleza. La reconocí de algún lado, Facebook tal vez. Carajo. Rápidamente di media vuelta para cerciorarme de que era ella y de que ella era real. Vaya que lo era. Lo comprobé tiempo después, cuando comprendí su magia.

Para ella, aquel fue un día de ese montón que se eliminan de la memoria y no vuelven más. Para mí, fue todo lo contrario, como un tesoro que se exhibirá por siempre en la galería «Recuerdos preciosos» del museo de mi mente.

Hasta ahora no estoy seguro de cómo funciona esa ecuación de verla pasar, pero sé que siempre tendrá el mismo resultado.

Sin sentido 1

Escribir puede ser una labor bastante traicionera hasta para el juicio más recatado. Sucede que, cuando las palabras ya no conforman hileras lógicas ni tampoco responden a la razón, el autor debe plasmar con prisa cualquier idea que se le venga a la mente, sin siquiera perder el énfasis de la ocurrencia. La genialidad jamás se ha medido por cantidades, mucho menos por una sola persona. Tal vez, hasta el lector más afable, puede amargarse con la futilidad de este texto.

Declarado así, debo admitirme muy incómodo al salir de mi zona de confort, pero ese es el punto de hacerlo. Hace varios días que no me siento yo mismo, es como si alguien me hubiera perdido dentro de mí. Las horas corren con prisa en tiempo de ocio y las visiones se multiplican como si fueran secuelas de los sueños más avezados y furtivos que me han tocado vivir. Por ejemplo, esta mañana, desperté viendo frondosas rosas rojas que iban girando en sentido anti-horario con una velocidad imparable, tenían los tallos gastados y las espinas sin puntas. Me quedé atascado en la posibilidad de que fueran alucinaciones causadas por el resfrío, pero luego recordé la visión de su motivo.

Estaba yo sentado en un patio muy colorido. Tenía los pies descalzos, un sombrero excesivamente grande y miraba a la lejanía a pesar de encontrarme como a dos metros de un muro hecho de adobe y telarañas. Sin previo aviso, las flores empezaron a hablar, casi cantando, sobre su vida en el jardín. Las margaritas eran más chismosas que las rosas y los tulipanes blancos no se podían callar, algunos helechos dejaban comentarios poco acertados mientras que los malditos claveles nos juzgaban con susurros. El lugar parecía un mercado y nadie me dejaba opinar. La ortiga vino y me estampó un largo beso en la boca para que no la pudiera abrir.

Condenado a no poder expresarme durante su frenética charla, caí presa de la rabia y la impotencia. Empecé a emitir sonidos raros ya que mis labios parecían cosidos. Descaradamente, las flores se pusieron en mi contra y empezaron a reclamar mi silencio. Las rosas fueron las más agresivas y las que se acercaron primero. Todo se volvió difuso y poco a poco empecé a despertar. De repente estaba en cama con una fiebre alta, tos seca y un vacío en el pecho que cada día se hace más grande.

Decidí que no voy a buscar el significado del sueño. Lo comprendí de manera muy literal. Estoy atrapado en un hermoso lugar donde las apariencias son contrarias a lo que aparentan y todo lo bonito deja de serlo apenas abre la boca. Nada tiene sentido aquí. Sin embargo, hay que plasmarlo, desde la más mínima locura hasta la más grande tontería.